lafarmacia.jpgMe llamaron para dar una conferencia. Sobre mi último libro y el oficio de escritor. En realidad, la conferencia iba a tener lugar en un colegio de Vitoria, y los oyentes iban a ser alumnos de secundaria, entre los catorce y los quince años. Me pagaban ciento veinte euros. No era una barbaridad, pero tampoco algo desdeñable para mí. Me sorprendió el interés que se tomaron los niños por mi último libro, que habían leído ese trimestre como trabajo de literatura.
-¿Fumas porros, como el del libro? –preguntaban.
-¿Te cascas pajas?
-¿Te tiraste a la chica?
Pese a mis esfuerzos no conseguí que la totalidad de la clase me escuchase: hubo muchos que me ignoraron olímpicamente. Por si quedaba alguna duda, respondí con sinceridad a todas las preguntas. Sí, fumaba porros “de vez en cuando”, pero había que usar las drogas, incluido el alcohol, “con sentido común”, y añadí: “Deciros que no os droguéis sería practicar una doble moral por mi parte, pero creo que ya tenéis suficiente información como para saber que es mejor no dejarse esclavizar por nada. Además, el cannabis os puede acarrear problemas mentales, como me ha sucedido a mí. Yo, de hecho, quiero dejarlo”. Se produjo un momentáneo silencio antes de la siguiente pregunta. Sí, masturbarse ocasionalmente relajaba mucho, y no había por qué avergonzarse de ello. No, la chica era un personaje de ficción. No obstante, sí, podía parecerse a alguien real.
Volví de Vitoria en el autobús de las 3:30. No me encontraba demasiado bien. Poco más tarde me dolía el cuerpo como si me hubiesen propinado una paliza.
Antes de regresar a casa, pasé por la farmacia y compré unas aspirinas y otra caja de Trankimazín 0,25. Después de tomarme una aspirina, darle unas caladas a un porro y unos tragos a una cerveza, apilé el Trankimazín donde acostumbraba, en el botiquín del baño. Ya sumaban seis cajas. En total, ciento ochenta pastillas.
Al día siguiente, durante la consulta, le confesé a mi psiquiatra que había acumulado Trankimazines durante meses para tomármelos todos de golpe y suicidarme, pero que no había tenido valor para hacerlo. Él sonrió, y me dijo: “Sí, uno se podría suicidar con Trankimazines… si después de tomárselos todos, se pusiera delante de un camión”.

Archivado en general, cuentos  

Deja tu comentario

No necesita sello

Comentarios: