2006
Cómo freír un huevo
-Nunca aprendí a cocinar. Pero eso tiene su explicación lógica. Cuando yo era pequeño, ni a mí ni a tus tíos nos dejaron entrar nunca a la cocina. Ni siquiera tu abuelo entraba. Los fogones eran el territorio de tu abuela y de las mujeres de la casa.
-Bueno, algún día tenías que atravesar el umbral de ese mundo desconocido –dijo el hijo con un tono irónico, tomando un huevo del frigorífico.
-¿Por qué? A mí siempre me han preparado de comer. Reconozco que no sé cocinar, pero pago para que otros lo hagan.
-Ya no puedes permitirte ese lujo, papá. Tus últimas inversiones en Bolsa te han dejado prácticamente en la ruina –le recordó el hijo.
-De todas formas, nunca aprenderé a cocinar como Eva –se lamentó el padre-. Y para comer mal…
-Pero Eva ya no está aquí, papá. Ni ella, ni mamá. Ya no están para prepararte la comida y la cena. Así que tendrás que aprender.
El joven estaba a punto de cascar el huevo.
-También puedo ir a comer un menú al bar de enfrente –dijo el padre, enfurruñado.
-Se acabaron los menús. No podemos financiártelo –le explicó su vástago-. Hazte a la idea. ¡Y ahora, prepárate para tu primera clase de cocina! Seguro que no sabes ni freírte un huevo.
-No –admitió el padre-. Y estoy orgulloso de ello. Yo fui a la Universidad para no tener que trabajar con las manos. Y nunca hubiera permitido que ningún hijo mío lo hiciese.
-Bueno. Hay muchas formas de trabajar con las manos. Pero ahora sólo se trata de que aprendas a freírte un puto huevo.
El padre levantó la mano. Por un momento, pareció que su puño iba a caer sobre su hijo. Pero la mano permaneció arriba, inmóvil:
-No me faltes al respeto. No te atrevas a hablarme así. Soy tu padre.
La respiración del hijo se había acelerado. Tuvo que hacer un esfuerzo para tranquilizarse antes de continuar:
-Perdona, papá. No te enfades. Sólo es una forma de hablar -se excusó, y después hizo como si nada hubiese sucedido-: Ahora fíjate. Se pone la sartén al fuego, a máxima potencia, que es la posición número “6”, ¿lo ves?
-Lo veo. No soy ningún gilipollas. Además, puedo comprar una lasaña en el supermercado.
-El otro día metiste una pizza dentro del microondas sin sacarla del envoltorio.
-¡Creía que era uno de esos plásticos especiales! Desde ahora, las meteré sin el envoltorio. Cuando me compre otro microondas.
-No se trata de eso, papá, se trata de tengas unas nociones básicas de cocina -reiteró el hijo, y añadió-: ¿Ves? El aceite está muy caliente. Es el momento de cascar el huevo, y de echarlo dentro de la sartén.
Saltaron algunas gotas, y ambos se apartaron.
-Trabajé toda mi vida para no tener que hacer esto –gruñó el padre-. ¿Y si un día me dejo el fuego puesto?
-Bueno. Tienes planchas eléctricas, así que eso no puede acarrear peores consecuencias que una buena factura de electricidad. Mira, esto se llama “espumadera” –rió el hijo-: Sirve para rociar de aceite el huevo.
-Me gusta con puntilla –indicó el padre.
-La puntilla es un secreto. Cada uno tiene su librillo. Algunos dicen que hay que machacar los bordes, pero a veces sale, y otras no. ¿Ves? Le doy así para que se haga la yema –la mano del joven manejaba la espumadera con soltura-: ¿Recuerdas cuando yo era pequeño, tú llegabas tarde a casa, y me rompías la yema del huevo sin estrenar con una patata?
-Sí –dijo el padre-. Un día te pusiste a llorar y a patalear. Y todo por un huevo.
-Sí –corroboró el hijo-. Me diste un guantazo que me tiró de la silla y me llamaste “egoísta”, a pesar de que sólo tenía seis años. Después de aquello, seguiste pinchándome el huevo cuando llegabas por las noches, como si fuera el correctivo más lógico para enderezarme. Pero, ¿por qué no les pinchabas la yema del huevo a mis hermanas? ¿Por qué siempre a mí?
-Te lo merecías.
-¿Lo ves? Tú también lo recuerdas. Tienes una memoria prodigiosa. En todo caso, es curioso: cuando te fuiste con Eva y nos dejaste solos, echaba de menos que llegases una noche y me pinchases el huevo. Tiene gracia, ¿no?
-¿Por qué vienes a mi casa? –replicó el padre-. Cada vez que me visitas me siento como un viejo criminal de guerra al que hay que ajustar las cuentas. ¿Por qué tengo que pasar por esto? ¿Por qué no te olvidas, de una vez por todas, de todas esas historias? A mis setenta y dos años, nada de eso me parece relevante para sobrevivir. Además, mientras hablas, se te está quemando el huevo.
-No. Se te está quemando a ti, papá. Usa la espumadera.
-No. Termínalo tú. Y no te preocupes, no te voy a pinchar la yema.
-Ponle una pizca de sal.
El padre apretó un poco de sal entre los dedos, y condimentó el huevo.
-Bien. Ahora sácalo con la espumadera, papá.
El padre tomó la espumadera y depositó el huevo en un plato.
-Supongo que hacen falta cuchillo y tenedor, ¿no? –intentó bromear.
Dispuso todo sobre la mesa, y ambos se sentaron.
-Venga –dijo el padre-. Haz los honores. Rompe la yema.
El hijo tomó un pedazo de pan, y lo untó en la yema del huevo frito.
-Está muy bueno. ¡Tu primer huevo! –dijo, y agregó-: Mañana te voy a enseñar a hacer pasta.
El padre miró el reloj de cocina, pendiente de la hora a la que empezaba el partido en la televisión. A su hijo no le gustaba el fútbol. Todavía se acordaba de aquella vez que le llevó a San Mamés, y el crío se había pasado todo el partido de espaldas al campo y mirando al público.
-No. No quiero que vuelvas. Quiero decir, no quiero que intentes enseñarme a cocinar. Mira, nunca me ha hecho falta. Y a mi edad ya no me apetece aprender –tosió un poco y prosiguió-: No te preocupes por el dinero. Aunque la Bolsa ya no sea lo que era, todavía dispongo de alguna liquidez. Y ahora vete. O quédate, haz lo que quieras. Yo me voy a poner a ver el partido.
-¿Por qué no quieres que te enseñe a cocinar? –insistió el hijo.
-Por que no me da la gana –respondió el padre con sequedad.
El hijo se encogió de hombros, le dio un beso en la mejilla, y notó la hirsuta barba picándole en el mentón. Luego descolgó la chaqueta del perchero, y enfiló el pasillo hacia la puerta.
-Bueno. Como quieras. Acuérdate de cerrar con doble llave por las noches –exclamó, antes de salir, y añadió-: Te llamaré el jueves.
-No tengas cuidado. Si no me llamas, pensaré que todo va estupendamente.
El padre cerró la puerta. Luego acudió a la cocina y tiró el resto del huevo, que se había quedado frío, a la basura. Encendió la tele, y, con la habilidad de un camarero experimentado, frotó una corteza de limón en los bordes de un vaso ancho, y se preparó un gin-tonic con hielo. Después se sentó frente al aparato en su sofá preferido:
-Un huevo frito hay que hacerlo con amor –murmuró.

Boca Dorada said,
Octubre 15, 2006 @ 12:42
Me ha gustado mucho ;)
El Mochales said,
Octubre 16, 2006 @ 7:50
Gracias, Boca Dorada (no veas cómo anima este tipo de comentarios).
oscar said,
Octubre 16, 2006 @ 10:49
La verdad es que freir un huevo requiere bastante más arte de lo que parece.
BocaDorada - Recomendaciones said,
Octubre 16, 2006 @ 11:04
[…] Mondo Mochales es el blog del escritor Enrique Mochales, una gozada de blog en todos los sentidos. Me ha encantado el relato Cmo freir un huevo y hay muchos ms. […]
wito said,
Octubre 17, 2006 @ 7:46
Mi forma de sacar las puntillas al huevo es echarlo en aceite muy caliente y esperar. Cuando empiezan a salir las puntillas es cuando rocío el aceite encima de la llema, si lo haces demasiado pronto se puede cuajar demasiado y no romperá al untar. También acostumbro a ponerle una pizca de pimenton picante a la llema despues de la sal. (Me gusta el picante)
Lo de hacerlos con amor no sé, pero lo que me cago en todo si se me rompe la llema al ponerlo en la sarten…, jeje.
jaguai said,
Octubre 19, 2006 @ 7:10
Muy tierno relato. El hijo un poco tocacojones con eso del trauma infantil. Además, una locura decirle en la primera lección que eche el huevo con el aceite muy caliente. Me ha parecido que el hijo se la tiene jurada.
Enrique Mochales said,
Octubre 20, 2006 @ 7:00
Joder, Jaguai, yo tampoco lo veo tan truculento. Además, si al padre no se le fuese la mano, y el hijo no fuera un poco tocacojones, no habría relato…