cortina en jirones.jpg-Pero, ¿en qué se basa para sospechar que soy un espía? -dijo el interrogado número veinticinco del día, que se sentaba a la mesa del despacho de Interrogatorios Rutinarios, frente al funcionario encargado del caso. Sólo había una ventana en la habitación y las persianas estaban cerradas por el calor, pero la brisa movía los jirones rotos de las cortinas blancas con languidez.

-Muy sencillo –respondió el funcionario, revisando los papeles-. El Estado mandó hacer una estadística y un análisis de población. Usted es totalmente normal, discreto, padre de familia, con un trabajo conocido, amigos y una vida que no llama la atención. Eso nos lleva a sospechar directamente de usted.

-Pero, ¿no le parece absurdo? Yo he intentado durante toda mi vida no sobresalir, precisamente para no tener problemas –se explicó el hombrecito-. Pero, por sus palabras se diría que tengo que hacer algo extravagante para que no se dude de mí.

-En primer lugar, tiene que acercarse usted más al Partido, hacerse notar: que vean que está ahí. Entonces pasará inadvertido para nosotros –dijo el funcionario.

-Así que para pasar inadvertido a los ojos del Partido, tengo que llamar su atención –reflexionó el otro-. ¿No es un tanto contradictorio?

-Últimamente, el Partido está propugnando la transparencia y la socialización. Tenga por seguro que un camarada que pasa inadvertido, no es un buen camarada. No ayudan, suelen colarse en las filas, se comen todas las galletas cuando es de noche y nunca cambian los rollos de papel higiénico. Son elementos descontrolados aparentemente inofensivos, pero en realidad, bajo esa apariencia estúpida, pueden perjudicarnos mucho. Imagínese que nadie cambiase los rollos de papel higiénico de los sanitarios de la Central donde trabajamos en nuestro programa de desarrollo nuclear… Todos los trabajadores andarían con el culo sucio. Sería el caos. Y no hay nada que nuestro líder odie más que el caos. ¡El caos está prohibido!

Una repentina corriente de aire movió las cortinas rotas. El funcionario tomó aliento antes de proseguir, como si estuviese recapitulando:

-Pero yo confío en usted. Esto sólo es un interrogatorio rutinario. Sé que, en el fondo, es un buen camarada. Creo que, aunque haya pasado por alguien de quien nadie sospecharía nada, puede recuperar su reputación mandando alguna carta a América escrita en sus bordes con tinta invisible, por ejemplo.

-La tinta invisible está prohibida –replicó el ciudadano.

-Precisamente por eso. Ya no nos fijamos en las cartas con tinta invisible, sino en las que no la llevan. Y usted ha caído en el punto de mira del aparato de inteligencia del Estado. Haga algo en consecuencia –exclamó el hombre, y después añadió, tras mirar a un lado y a otro de la sala, en un tono un poco más bajo-: Se lo digo en confianza, si no me dice algo ahora para que llene éste papel –señaló un folio con casillas en blanco-, puede que en un mes reciba la visita de la policía.

-¿Qué le diga algo? ¿Pero, qué?

-Eso es cosa suya. Usted es el espía, ¿no? Pues haga algo que demuestre que lo es, y le dejaremos en paz. Solamente nos dedicaremos a espiar los mensajes que mande a otros gobiernos, pero claro, no dudaremos más de usted. Nosotros, a los espías de los demás, les tratamos muy bien, siempre que sepamos que lo son.

-Pero… ¿qué puedo hacer para demostrarle que no tienen razón para sospechar de mí..? –protestó el interrogado-. ¿Decirles que soy un espía?

-Eso desvanecería todas las sospechas y pasaríamos a la certeza…

-Pues es verdad, soy un espía.

El hombre se levantó de su silla repentinamente, apoyó los puños sobre la mesa, y gritó:

-¿Cree que puede usted engañarme? ¡Hasta hace poco negaba ser un espía! ¿Le divierte hacerme perder el tiempo?

-Pero, ¡usted es un ignorante! –gritó el interrogado, con un desgarro de desesperación en su voz-: ¡No ha leído nunca a Kafka! De otro modo, sabría que esto ya se ha hecho. ¡Y que no tiene ningún sentido!

-¿Kafka? ¿Quién es ése Kafka? Bien, bien… parece que, poco a poco, vamos sacando algo en claro de todo este turbio asunto –dijo el funcionario de interrogatorios, tomando asiento de nuevo-. ¿Qué ibais a hacer ése Kafka y tú? ¿Sabotear los ferrocarriles? ¿Atentar contra nuestro venerado y amado líder? ¡Habla!

-En realidad, Kafka es un escritor –aclaró el interrogado.

-Peor todavía. Un escritor subversivo, un ideólogo reaccionario, ¿eh? Menudo nido de víboras. ¿Y dónde vive ése Kafka?

-Creo que en Checoslovaquia. Pero no sé mucho más de él. El libro me lo fotocopió un amigo, sin tapas. Si quiere se lo puedo traer…

-¿Usted cree que le voy a dejar marchar -a un enemigo del sistema- aunque viva a dos manzanas de aquí? Esto es muy serio. Un asunto internacional. De ninguna manera puede usted marcharse, qué se ha creído –le increpó-. Está usted detenido por alta traición.

Después se levantó de su silla, abrió la puerta del despacho, y dio órdenes a uno de los hombres que estaban fuera para que encerrase al detenido en los calabozos de los sótanos. Al otro le mandó que se personase lo antes posible en su casa, con la misión de efectuar un concienzudo registro.

Luego cerró nuevamente la puerta y llamó por teléfono a sus superiores:

-Tenemos a un tal Kafka -dijo.

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4 comentarios »

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  1. matasellos
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    wito said,

    Octubre 19, 2006 @ 3:45

    Delirante relato. Me encantas!.

  2. matasellos
    Gravatar

    Enrique Mochales said,

    Octubre 19, 2006 @ 3:50

    Arf… qué bien que me has dado una opinión sobre este cuento, Wito, ya empezaba a dudar de él…
    Gracias.

  3. matasellos
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    funcio said,

    Octubre 19, 2006 @ 11:13

    Muy divertido.

    El comienzo me ha recordado a esas escenas de “telediario” donde una vecina en chándal comenta desde la puerta de su casa que su vecino asesino era “un tipo normal”.
    Por esa regla de tres, habría que desconfiar de los “presuntos normales”.

    … Y si han leído a Kaftka, ya ni te cuento.

  4. matasellos
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    funcio said,

    Octubre 19, 2006 @ 11:15

    ¡Osti! Lo de la “t” en “Kaftka” ha debido ser por el muñón.

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