27 Nov
2006

El ojo triste

-Encantado de volver a verle, caballero. Tomando el aire, ¿no? –dijo el camarero-. ¿Una jarra de cerveza?

-Ya sabes que ahora no bebo –respondió el cliente, que miraba pasar la vida frente a una mesa vacía y apartada-, pero si te empeñas.

El camarero se metió en el bar, y salió con una espumosa pinta que depositó sobre la mesa con un gesto profesional. Después miró a un lado y a otro, y cuando consideró que era el momento oportuno, cogió la pinta del otro y le pegó un trago. Luego se limpió la espuma con un golpe de manga.

-¿Encontraste algo? –preguntó.

-Nada.

-Creo que sé de un sitio donde necesitan a alguien que les lave los platos –replicó el camarero, dándole a la cerveza un segundo trago-. Tú no hagas nada, ya te recomiendo yo.

Desde tres puntos de la terraza, los turistas levantaban un billete para pagar su cuenta, antes de continuar con su visita a la ciudad.

-Bueno, ahora tengo que trabajar –dijo el camarero, que apuró el vaso, lo puso sobre la bandeja, y se dispuso a llevárselo. El cliente agarró su brazo:

-La próxima vez, que sea una cerveza y unos berberechos –imploró, guiñándole un ojo.

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