tarjeta-amante.jpgCuando entró a la consulta, el sudor dibujaba en la camisa del joven una especie de mapa que parecía abarcar todo un continente ignoto. Gruesas gotas caían también por su frente y habían mojado su pelo, como una lluvia tenaz que procediese del interior de su cuerpo.

-No me gusta la sala de espera –dijo, después de sentarse-. No lo puedo evitar. Me da la sensación de que los otros me analizan, de que se comparan conmigo. Creo que en el fondo se preguntan: ¿A este le pasa lo mismo que a mí? Siempre que entro, empiezo a sudar –se lamentó, y añadió-: Parte de culpa la tienen también esas luces halógenas. No sé dónde leí que la mitad de las luces halógenas del mundo están en el País Vasco.

Bien. Un último chiste para relajar las cosas, pensó Gloria.

-Hay gente a la que la sala de espera no le produce ningún agobio de ese tipo. La verdad es que pocas veces me han hecho ese comentario. Pero en lo referente a las luces halógenas tienes toda la razón. Dan mucho calor, en verano nos cocemos aquí… –argumentó, sin poder terminar su réplica. Se sorprendió a sí misma pensando que aquél día no le apetecía pasar consulta. Ojalá fuera una conversación amena.

-Ya, pero la gente no suda como yo -le interrumpió el paciente-. Eso me hace sospechar que estoy ligeramente tocado. Que estoy bajando la escalera del deterioro progresivo.

-Yo creo que ese no es tu caso –contestó automáticamente ella-. Además, se podría decir que todos estamos bajando una escalera. O subiéndola, que es más cansado. Todo depende de cómo se mire. Como se suele decir, en todas partes cuecen habas.

-Bueno, es por hablar de algo. Créeme, estoy harto de contarte mis cosas. Como si yo no pudiese con mi vida. Como si no aguantase el nivel de estrés normal que otro cualquiera soportaría.

-¿A qué te refieres concretamente?

-Hace poco me enrollé con una tía. Me presenté a ella con una tarjeta de visita en la que se leía: “Enrique Medrales”, y, más abajo: “Amante”. Me las había hecho imprimir hacía mucho tiempo, en un momento de inspiración, pero nunca las había utilizado. Se la dejé en la mesilla de noche antes de marcharme, y así comenzó todo. Quizás no hubiese debido ni empezar. Me advirtió. Me dijo que estaba casada. Que tenía hijos.

A Gloria se le escapó una expresión de fastidio en la comisura de los labios, pero se abstuvo de opinar. “¿Por qué no lo pensaste antes? ¿Por qué no tuviste en cuenta las consecuencias?”, se dijo, para sus adentros.

-Comenzamos a vernos un par de veces a la semana –prosiguió el paciente-. Como vivía en Vitoria, se desplazaba en su furgoneta a Bilbao. Creía que había encontrado la mujer ideal. No veía ningún problema en la diferencia de edad, ni en su matrimonio. Incluso pensé que me favorecía el hecho de que estuviese casada. Me liberaba de cierto compromiso.

Mientras escuchaba, Gloria recordó: “Tengo que llamar al abogado”. Una milésima de segundo después, retornó a prestar toda su atención.

-Yo también la advertí a ella. Le dije que estaba enfermo. Una cosa por la otra. Pero tomé una decisión importante. Sé que puede parecer contradictorio, pero dejé la medicación, o, más concretamente, dejé de tomarla algunos días señalados. Aquellos días con noches, quiero decir, aquellas noches con ella.

-¿Dejaste la medicación? –dijo Gloria, saliendo súbitamente de su especial estado de concentración. De pronto, el abogado huyó disparado de su mente y en el mundo sólo estaba su consulta, su mesa-. Pero, si haces eso, sabes a lo que te arriesgas, ¿no?

-Sí, ya sé lo que me vas a decir. Que tengo que caerme de sueño en la cama después de envenenarme noche tras noche con esas pastillas que me han producido impotencia y obesidad, además de diversas alergias medicamentosas y una buena hernia de hiato. Pero tuve que escoger. Y preferí la pasión. Preferí una buena erección natural que tomarme una de esas imitaciones baratas de viagra que me receta el psiquiatra.

-¿Has probado con otras medicaciones que no tengan esos efectos secundarios?

-Es inútil. Daría igual que fuese de una u otra marca, ya he probado unas cuantas y los resultados son los mismos. De todas formas, insisto en que sólo dejé de medicarme cuando ella venía. Creí que merecía la pena. Fue una decisión personal. Asumí mi responsabilidad. Ya lo sé, ya sé que a ti, desde tu punto de vista, te parece una gilipollez.

El tipo se detuvo, como esperando algún apoyo de su interlocutora, pero, al no hallarlo, prosiguió:
-Nos reíamos mucho juntos. La nuestra era una relación muy creativa, y extremadamente productiva, no sabría cómo explicarlo. Al principio todo eran bromas y regalos. Emoción, y veladas que se alargaban hasta las tantas. Pero aquello no podía durar mucho. Creo que el principio del fin sobrevino después de una pregunta que nunca debí plantear. La curiosidad no es compatible con el amor. Le pregunté si se acostaba con su marido. Me contestó que sí, que todo funcionaba estupendamente, como en una pareja normal. Yo me maravillé. ¡Qué capacidad de amar!, le dije.

Gloria esperó que el paciente, con la mirada en el suelo, continuase. “Definitivamente, esto parece un folletín”, reflexionó.

-A pesar de todo, desde ese momento algo empezó a funcionar mal entre nosotros. Comencé a sufrir de celos. No era capaz de comprender mi situación. Llegué a la conclusión de que yo tenía que hacer lo mismo que ella: echarme otra amante. Durante el verano, se fue de crucero con su marido por Grecia, y yo tomé un avión a Palma de Mallorca. Una noche, me llamó llorando desde no se qué isla griega. Yo no entendía nada, y, lo que es peor, no podía hacer nada. No supe jamás por qué lloraba. Quizás fue porque intuía que yo había utilizado mi tarjeta de presentación, y estaba con otra.

Gloria no movió un solo músculo de la cara. Nadie diría que estaba reprimiendo sus propias emociones. Ahí delante tenía a Psique, que no había podido resistir las visitas de Eros. Era extraño comprobar como la historia se repetía.

-A la vuelta del viaje –siguió el paciente - las cosas habían cambiado mucho. Una noche discutimos. Fue una discusión terrible, a gritos. Se marchó en su furgoneta y dejamos de vernos, pero no pude resistir la tentación de llamarla poco después. Me dijo que casualmente ese día tenía que venir a Bilbao. Quedé con ella en un café y me confesó que se estaba divorciando de su marido. Recuerdo que la acaricié, que intenté besarla. Ella se disculpó, argumentando que tenía que marcharse para preparar la cena a sus hijas, que eran todavía pequeñas. Nos despedimos. Horas más tarde la vi paseando de la mano con un chico joven y bien trajeado por la Gran Vía. Evidentemente, no se había marchado a Vitoria. Sin pensar mucho en lo que hacía, la llamé al móvil. Ni siquiera recuerdo lo que le dije.

Gloria suspiró:
-¿La has vuelto a ver? –dijo.

-No –respondió el paciente.

-¿Y la medicación?

-He vuelto a tomarla. He vuelto a engordar. Estoy equilibrado. Y no obstante, no hay como elegir entre la pasión, entre la auténtica pasión, y ese limbo estúpido y soñoliento de las pastillas. Además, aunque durase poco, creo que no debería sentirme decepcionado, porque, ¿quién se enrollaría con un enfermo mental durante un largo periodo de tiempo? ¿Tú lo harías?

Gloria arqueó las cejas:
-Nunca se sabe.

-¡Qué me dices! ¿Te comprometerías a compartir el resto de tu vida con un loco que se presenta con una tarjeta de amante? ¿No tendrías miedo?

“Yo ya me comprometí a pasar el resto de mi vida con un loco. Ya me hizo sufrir. Ya perdió los nervios. No hay medicación para la infidelidad, ni para el hastío, ni para la ira. No hay pastillas para el desamor”, pensó Gloria, y, después, sintetizó:
-Hay parejas en las que uno de los cónyuges está enfermo, y se mantienen durante años. Hay otras, sin embargo, en las que ambos están sanos, y no duran apenas. La realidad te sorprendería: es extremadamente diversa. Yo creo que todo depende de los casos, y de las personas. Estar presumiblemente sano no es garantía para una relación de pareja duradera. Y de todas formas, la tuya ha sido una experiencia en el filo de la navaja, ¿no?

El paciente hizo un gesto afirmativo:
-Supongo que sí.

-Aún así, si tú crees que mereció la pena, tanto mejor. Hay gente que no toma riesgos por miedo al compromiso. Pero no te preocupes tanto por tener una pareja. Quiero decir que no te angusties: es contraproducente. Y, sobre todo, no dejes de tomar la medicación, ¡te lo pido por favor!

Después, miró su reloj, y dijo:
-Bueno, hoy lo vamos a dejar un poquito antes. Lo siento, de verdad, pero es que tengo un compromiso importante.

-No te preocupes, Gloria. Nos vemos.

El hombre se despidió, pero antes, sacó una de sus tarjetas de “Amante”, y se la tendió a ella:

-Por si algún día me necesitas.

Gloria no pudo evitar soltar una carcajada. Hacía mucho tiempo que no reía. Últimamente, tan sólo lloraba.

-Gracias -dijo.

El paciente salió y atravesó la sala de espera, intentando no fijarse en los que esperaban a otros psicólogos.

Gloria metió la tarjeta en un cajón, y se quedó un rato en la consulta, apuntando notas en su cuaderno. Podría haberle hablado a aquélla persona de su reciente divorcio. Podría haberle hablado de la mudanza, del acuerdo sobre la custodia de sus hijos, de los incómodos trámites que aún tenía que llevar a cabo con su abogado, y de la tremenda soledad que sentía en aquellos momentos. No obstante, no era eso lo que se esperaba de una psicóloga. No debían conocérsele aventuras, ni conflictos: no podía tener vida privada. Así que se arregló la camisa, se puso la chaqueta, y se retocó un poco la cara con un espejito de mano. Salió, y cruzó la sala de espera hasta el vestíbulo.

Ya en la calle, buscó con la mirada. Se abrió la puerta de un coche rojo, y dos niños salieron corriendo para abrazarse a ella. Después el conductor cerró la puerta, arrancó el coche y se despidió con un gesto de la mano, antes de reincorporarse al tráfico.

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8 comentarios »

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  1. matasellos
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    Pati @-;-- said,

    Agosto 31, 2006 @ 5:28

    Hola Enrique,

    Esto es sólo para decirte que hemos incluido Mondo Mochales en nuestro BlogDay 2006.

    ¡Nos gusta mucho tu blog!

    Un gran abrazo.

  2. matasellos
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    El Mochales said,

    Agosto 31, 2006 @ 5:32

    Gracias, Pati. Eso me da nuevas fuerzas para seguir.

    Abrazote.

  3. matasellos
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    LaSimia said,

    Septiembre 1, 2006 @ 4:28

    Pues si es curioso como se enajenan los psicólogos y psiquiatras, sobre todo con los rollos emocionales y emocionantes. A mi no me dan ganas de contarles nada de mi vida privada. Una vez le dije a un psiquiatra que tenía un problema; se trataba de que estaba constantemente cachonda y que si había alguna pastilla para quitarme tanta cachondez; su respuesta fue: “no vamos a hablar de temas tan escabrosos” . No sé si fuí demasiado directa o si se puso cachondo también. Posiblemente las dos cosas.

  4. matasellos
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    El Mochales said,

    Septiembre 1, 2006 @ 8:08

    Je, je, je… Qué bueno.

  5. matasellos
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    persona said,

    Septiembre 2, 2006 @ 12:18

    … ja, me equivoqué leyendo…

    en vez de medicación, “leí” meditación… ya después me he dado cuenta, claro, por que EL JOVEN habla de las pastillas…
    pero tiene gracia ¿no?…

    “dejé la meditación que me producía impotencia y obesidad”

    por cierto, me gusta un “mocholón” que los posts de este blog parezcan cartas -o sobre de cartas-, cuando era MÁS joven me harté de escribir cartas de Alemania a España, muchas llevaban el sobre igualito…

  6. matasellos
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    El Mochales said,

    Septiembre 3, 2006 @ 8:01

    Sí, yo cuando era AÚN MÁS joven, también mandé alguna que otra carta via air mail en dirección al norte de Europa… qué tiempos, cof, cof (tos).
    El diseño de página hay que agradecérselo a la mente calenturienta del señor Karramarro.
    Por cierto, ¿sabes que persona se dice pessoa en portugués? Te llamas como el escritor y poeta, portugués y lisboeta (no he podido resistir la tentación de la rima).

  7. matasellos
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    persona said,

    Septiembre 17, 2006 @ 8:30

    … días después

    gracias por la “pista” sobre pessoa y persona. Como quizás ya habrás imaginado, persona no es mi nombre real. Mi nombre real es Rumpelstilzchen… no tampoco. Mi nombre real es Rafa y el nombre persona ahora me parece todavía mejor seudónimo.

    De Pessoa (Fernando António Nogueira Pessoa) no sabía casí nada… Leí una cita suya un día pero nada más. Me he informado y su biografía me parece curiosa …como tantas cosas en este mundo… él en vez de español y alemán, hablaba portugués e inglés (vivió en Sudáfrica desde los cinco)…

  8. matasellos
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    El Mochales said,

    Septiembre 18, 2006 @ 7:36

    Sí, usó tres seudónimos, sólo consiguió que le publicasen un libro en vida y murió alcoholizado. Ahora, en Lisboa hay una placa en cada sitio donde vivió, comió o estornudó el gran Pessoa.

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