bronceador.jpgUna tarde, aprovechaba su pase de salida el santo esquizofrénico con dos veteranos del psiquiátrico, cuando, acercándose a las tascas del pueblo, le advirtieron: “Mira chaval, nosotros tenemos la intención de tomarnos unas sidras. ¡Sólo unas sidras! No hay nada de malo en tomarse una sidrita, que es la época y no lleva nada de alcohol. ¡Es casi un refresco! No se lo dirás a los enfermeros, ¿no?”. El santo esquizofrénico negó con la cabeza, asegurando que no era un chivato. Así comenzaron las rondas de sidra –alternando con algún que otro tinto- que se pimplaban los dos veteranos, a la salud el uno del otro.

Justo es reconocer que el santo no bebía, y que los otros dos, paternalistas, le animaban para que continuase sobrio, recordándole –a él, y de paso a sí mismos- lo malo que es el alcohol. Pero, acto seguido, reivindicaban de nuevo su alegría amparándose en el bajo contenido alcohólico de la sidra, motivo por el cual nadie podía salir perjudicado.

La vuelta de aquellas rondas era digna de verse: en fila india, los tres amigos subían los dos kilómetros de carretera cuesta arriba que había entre el pueblo y el sanatorio, y así, conservando esta misma fila, el santo esquizofrénico era siempre el encargado de llamar al timbre del vestíbulo. Los otros dos entraban ocultándose detrás de él, agachando la cabeza para que no se les viese la cara. Y no porque estuviesen muy achispados, sino porque, según se enteró el otro con el tiempo, se les suministraba un medicamento delator llamado “Colme”, que alteraba el color del rostro de aquel que consumiese alcohol y lo tornaba rojo intenso, como si hubiese estado expuesto al sol. Algunos lo llamaban “el bronceado del bebedor”. El “Colme” también producía náuseas y vómitos a todo aquél que bebiese, pero, por lo visto, los veteranos podían con todo, o acaso habían metabolizado el compuesto químico disuasorio hasta el punto de hacerse inmunes a él.

Mas la suerte no podía durar eternamente. Llegó la noche en que una enfermera se fijó en las caras de los dos camaradas que entraban en último lugar, y tuvo la certeza de que habían bebido. Así que, al día siguiente, fueron pasando los tres por el despacho del director. Cuando llegó su turno –fue recibido en último lugar-, juró que no bebía -cosa que era cierta- y, para proteger a los otros, aseguró que jamás les había visto beber en su presencia.

Tras su visita al despacho, los tres inculpados, que no hablaron entre sí de sus respectivas entrevistas, estuvieron castigados sin pases de salida. Pero a la semana siguiente, cuando repartieron los pases, el santo esquizofrénico se mostró muy dolido de que los veteranos tuvieran el suyo, mientras que él seguía condenado al encierro. Según pudo deducir durante aquellas tardes de arresto entre los muros del sanatorio, la razón de todo ello era, obviamente, que los otros no habían mentido y se habían declarado culpables de soplar, mientras que él, precisamente por intentar salvarles el pellejo, lo había negado todo.

Triste, triste suerte la del santo esquizofrénico, sentado en un banco del pasillo bajo las luces de neón, mientras esperaba la amnistía del director.

(Nota: Gracias a Joseph Roth, autor del libro “La leyenda del santo bebedor”, por prestarme lo de “santo”, categoría que yo he aplicado a otro tipo de personaje, indudablemente merecedor de este agridulce tratamiento.)

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7 comentarios »

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  1. matasellos
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    oscar said,

    Septiembre 19, 2006 @ 11:20

    Y dices que ese tal “colme” mezclado con alcohol te pone moreno?

    ¿Podría ser esa la solución al martirio veraniego llamado “playa” que tengo que sufrir todos los años para pigmentar al vampiro?

    Y solo con alcohol?

    hmmmm….

  2. matasellos
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    El Mochales said,

    Septiembre 19, 2006 @ 11:32

    De todas formas, el rojo del “Colme” nunca se transforma en moreno. Y creo que se pierde cuando se pasan los efectos del alcohol.
    Aún así, hay algunos antipsicóticos que producen fotosensibilidad. Con esos te pones el triple de moreno si vas a la playa, ya sabes… después de una horita puedes freir un huevo en tu piel.

  3. matasellos
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    persona said,

    Septiembre 20, 2006 @ 14:55

    Sí, realmente triste.

    lo que ya no es tan triste, es que por casualidad, ¡mira tú por donde! tengo el libro “la leyenda del santo bebedor” en alemán en casa. Lo tengo allí desde hace algunos ratos, pero nunca me puse a leerlo… no sé bien por qué… pero puede que haya llegado la hora de hacerlo…

  4. matasellos
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    runrun said,

    Septiembre 25, 2006 @ 5:01

    Oye, y por qué a ese medicamento le han puesto mi apellido??? Juro que no he tenido nada que ver con semejante broncearrojo, aunque a mí también me salen un par de ronchones rojos en las mejillas cuando bebo. ¿Será por mi nombre…?

  5. matasellos
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    El Mochales said,

    Septiembre 25, 2006 @ 8:05

    Qué bueno, señor Colme. Nunca se acuerda uno de la necesidad de registrar hasta el apellido… Yo nunca asociaría el apellido con el medicamento de buenas a primeras, pero puede que a algún alcohólico que lo haya probado se le quede cara de póker a la hora de las presentaciones.

    (Aunque no soy el más adecuado para hablar, porque mi apellido se las trae…)

  6. matasellos
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    Floreal Ocasio Ortega said,

    Septiembre 25, 2006 @ 8:44

    jajajjaja, señor Mochales, me da que el Señor Colme, es más bien señorita. Colme….nero.

  7. matasellos
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    El Mochales said,

    Septiembre 25, 2006 @ 10:00

    Esto me pasa por la cantidad de gente que no completa el perfil, ni da sus datos, ni ná.
    ¿Qué les cuesta especificar su nombre completo, su orientación sexual, su teléfono, su dirección, la clave de su tarjeta de crédito y el número de su cuenta corriente?
    Vamos, esas cosillas sin importancia que sirven para que uno se haga una idea de con quién está hablando.

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