Archive for Agosto, 2006

tarjeta-amante.jpgCuando entró a la consulta, el sudor dibujaba en la camisa del joven una especie de mapa que parecía abarcar todo un continente ignoto. Gruesas gotas caían también por su frente y habían mojado su pelo, como una lluvia tenaz que procediese del interior de su cuerpo.

-No me gusta la sala de espera –dijo, después de sentarse-. No lo puedo evitar. Me da la sensación de que los otros me analizan, de que se comparan conmigo. Creo que en el fondo se preguntan: ¿A este le pasa lo mismo que a mí? Siempre que entro, empiezo a sudar –se lamentó, y añadió-: Parte de culpa la tienen también esas luces halógenas. No sé dónde leí que la mitad de las luces halógenas del mundo están en el País Vasco.

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25 Ago
2006

Lisboa desesperada

(Nota lisboeta de un bilboeta, escrita en una cafetería de la Praça de Pedro IV).

Lisboa e um peso na memoria Gente que pide cigarrillos por las terrazas, un ejército de vendedores de hachís que ofrecen sistemáticamente su mercancía a todo el que pasa, docenas de negros desocupados sentados en las aceras a la espera de no se sabe qué, acordeonistas ambulantes que pergeñan sucesiones de notas sin sentido ni sentimiento, jovencísimas prostitutas que rondan a la puerta de la pensión, casas en estado de ruina total disimulada por los azulejos, obras eternas que parecen abandonadas. Lisboa, miseria y desencanto. Empinadísimas cuestas arriba y abajo en el Bairro Alto, gimnasio natural de turistas -en su mayoría españoles- que invaden la ciudad cual nuevos conquistadores, husmeando rastros del ajeno esplendor perdido, regodeándose con las grietas de las fachadas, con la ropa pasada de moda de los colgadores, con los pequeños barzuchos donde nunca comerán ni beberán nada. Se diría que los ingleses se cargaron la gastronomía portuguesa de pie de calle, porque los foráneos se alimentan en las terrazas de bistecs nerviosos con patatas cocidas, filetes de saladísimo bacalao rebozado sin gracia, vacías y correosas capuchas de calamares a la plancha, pizzas dichas de frutos de mar que sólo contienen un par de almejas y una gamba, y cuyo ingrediente principal es el chaka artificial en barritas.

Puede que Lisboa sea la última ciudad auténtica de Europa occidental, puesto que la pobreza dota a su fisonomía urbana de una tremenda y espontánea naturalidad. La que yo veo desde mi terraza es una Lisboa desesperada, sí, pero también una Lisboa sincera, no culpable, instalada plácidamente en la inocencia de su pluscuamperfecta decadencia. La dama del Tajo no se lamenta de su suerte, no se queja, ni siquiera quiere impresionar al visitante. Simplemente se muestra tal y como es.

(24-8-06)

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14 Ago
2006

Noticia curiosa

Un enfermo mental se disfraza de médico y da una charla sobre lactancia

Jaén.- Un enfermo mental se coló en la madrugada del lunes en el hospital Materno Infantil de Jaén y, tras disfrazarse de médico, entró en una habitación de la séptima planta donde, haciéndose pasar por psicólogo, dio una charla sobre lactancia materna a una paciente que acababa de dar a luz.

Según informaron fuentes hospitalarias, sobre las 5 horas, este enfermo que se coló por urgencias se presentó con una bata blanca en la habitación donde lloraba un bebé recién nacido y, tras interesarse por lo que pasaba, dio una charla a la madre y a su acompañante sobre los beneficios de la lactancia materna. El falso médico, que dijo ser psicólogo, ofreció algunos consejos y técnicas de relajación a la madre ya que ésta tenía problemas para dar el pecho a su bebé.

Se da la circunstancia de que la acompañante de la paciente en el momento que entró el falso médico era la madre de ésta que trabaja como enfermera en el hospital sin que en ningún momento sospechara de la actitud de este individuo, aunque sí se quedó extrañada por la hora de la visita.

Al día siguiente, al comentarlo con sus compañeras, se descubrió que se trataba de un impostor y es a través de las cámaras de seguridad cómo se ha averiguado que el falso médico es un enfermo de Salud Mental que se encuentra en tratamiento en régimen abierto.

El enfermo no está considerado un paciente peligroso y al parecer está obsesionado con ser médico.

Ni la paciente ni su acompañante han presentado denuncia por lo ocurrido, ya que el falso médico en ningún momento mantuvo una actitud intimidatoria, mientras que la dirección del hospital ha abierto una investigación.

(14-7-2005) Fuente: Efe

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11 Ago
2006

Nota

Algunos ancianos, que fueron abandonados por sus familias en los psiquiátricos cuando aún eran jóvenes -después de serles practicada una lobotomía- permanecen inmóviles en agosto, como geranios que las enfermeras colocan al sol o a la sombra del jardín según el gusto del patio del psiquiátrico.
No estaría de más un concurso de patios de psiquiátrico. El que tenga los lobotomizados mejor cuidados y arreglados, expuestos en el frontal del hospital, gana un premio. Llevando el absurdo hasta sus últimas consecuencias, se puede disponer a los lobotomizados en un muro, con asientos empotrados en la pared a distintos niveles, como las macetas de los patios andaluces. Y regarlos. Y quererlos.

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lectura-water.jpgEl lector, pasados los años -cuando la miopía acecha y el cansancio hace mella por las noches- abandona paulatinamente el sano vicio de la lectura, pero encuentra un método para volver a leer. Consiste en dejar el libro que le apetece en el cuarto de baño, preparado junto a la taza. No es necesario extenderse mucho sobre el funcionamiento del proceso. En menos de dos meses, se lee un libro entero, lo que suma más de seis libros al año, dependiendo de cuantas veces visite al señor Roca, del grosor de los volúmenes, y de lo que se extienda en sus menesteres íntimos. A veces, incluso, es posible que acabe entrando al cuarto de baño sin demasiadas ganas, solo por saber cómo acaba el último capítulo.
Expresado en parámetros intelectuales: nunca leer fue algo tan fisiológico.

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Ayer me encontré con Adela en la terraza de un bar. Me dijo que le habían quitado la pastilla, y, jo, menuda putada, con lo bien que está una tomando su antidepresivo. Adela ha tenido bastantes crisis últimamente, por lo que le dice su psicóloga, que según ella conoce infinidad de historias acerca de la gente. No se ha quedado colgada, pero bueno, siempre según la psicóloga: “Ha estado bastante mal”. Cuando me enteré de que ella estaba enferma, pensé: “Bueno, si los dos estamos enfermos, ¿por qué no nos enrollamos?”. Adela no es fea. Quizás no tenga un cuerpo escultural a causa de la medicación, pero no es fea. Jamás intenté nada con ella, a pesar de que estuve en su casa muchas veces tomando café. Aquél día estaba sola en una mesa, así que me senté un rato.
-Me das envidia –dijo Adela.
-¿Por qué?
Se encogió de hombros:
-Porque tienes suerte.
-¿Suerte?
-Sí. Tú eres valiente. Has hecho cosas. Yo no tengo tanto valor.
-Tú todavía estás a tiempo.
Adela arqueó las cejas:
-A mí me acojona hasta salir a la esquina.
-¿Tú fumas ahora, Adela? –le pregunté.
-Hace tiempo que no fumo porros. Ahora prefiero los antidepresivos.
-Bueno, si te viene bien la química…
-Pues sí, ahora me encuentro bastante bien. Mucho mejor que hace unos meses. Si tú supieras…
En ese momento una mujer la llamó desde la otra acera de la calle.
-Es mi madre. Bueno, tengo que dejarte, me voy a casa a comer.
Intentó levantarse de la silla, perdió el equilibrio, y se cayó al suelo. Luego se incorporó, muy apurada, y exclamó, constatando la evidencia:
-¡Me he caído!
Después me dio un beso en la mejilla y se marchó.

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lagiralda.jpgPor la tarde bajé al Casco Viejo para pillar costo. Me topé con Manolo, el camello bipolar. Cuando me encuentro con uno que ha estado en un psiquiátrico no puedo menos que sentir cierta empatía. A Manolo le habían atado a la cama en su última experiencia hospitalaria.
-Llegué tranquilo –explicaba-. Pero me ataron. Les grité que me desatasen para ir al cuarto de baño pero no vino nadie. Me cagué y me meé encima, pero nadie me desató. No sé por qué lo hicieron. Yo creo que te atan para que te des cuenta de quién es el que manda, o de que estás haciendo el bobo.
-No te engañes, Manolo –le contesté-. Te atan para quitarse una preocupación de encima. Una triste realidad: es mucho más cómodo atar a las personas que tener que vigilarlas durante toda la noche.
-Ya. Tal vez tengas razón. Pero no sé.
-¿Ahora tomas algo?
-Sí. Pero las pastillas me dejan jodido. No siento nada. Es como si llevase unos guantes puestos. La realidad se vuelve baja en nicotina. Apenas siento placer con el sexo. Después de lo que he llegado a sentir yo –intentaba explicar-. ¿Tú sabes lo que es descubrir la esencia del universo en algo extremadamente pequeño? En una mota de polvo al sol puede haber una galaxia. He llegado a conclusiones que no tienen marcha atrás. Ahora todo eso está lejos. Pero en su momento yo vi las cosas muy claras.
Cuando Manolo intenta explicar lo que supo por inspiración divina, se pone un tanto confuso. O quizás es que yo no estoy capacitado para entenderle.

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A mi padre suelo encontrármelo con su mujer y su cuadrilla. Algunos van puestos de farlopa. Mi padre ya no puede. Está mal del corazón. Me topo con ellos en los lugares de moda, a cualquier hora de la noche o de la madrugada.
-Bueno, luego nos vemos –le digo.
-No te esfuerces demasiado en buscarnos –me contesta mi padre, mientras se aleja con sus amigos.
Cuando papá se divorció de mamá y se fue a vivir con su actual mujer, no le veía demasiado, excepto en los locales de moda. Luego, cuando empezó lo mío, hubo un reacercamiento, y comenzamos a quedar por las mañanas. En una ocasión, mientras nos tomábamos un blanco en una terraza, dijo:
-Tú no tienes suerte, hijo.
Fue una afirmación categórica, apesadumbrada y fatal.
-¿Por qué dices eso, papá? –le pregunté. Solamente se limitó a repetir, como si lo dijese para sus adentros:
-No tienes suerte.

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unafachada.jpgÚltimamente no he ido a la psicóloga. Le he dado plantón varias veces. ¿Sirve de algo la terapia? De acuerdo, charlar un poco no está mal. Pero no puede curarme. Además, mi mayor anhelo ahora no es hablar, sino adelgazar los catorce kilos que me sobran. Así que prefiero pasear por Bilbao, durante estos fúnebres días de noviembre, bajo un cielo plomizo, protegido del sirimiri por un chubasquero gris.

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Volverá a sonreír con la misma alegría de antes y hará feliz a su pareja. Su economía atraviesa una buena racha y es una excelente ocasión para ayudar a alguna ONG. En cuanto al trabajo, ayúdese de los últimos avances tecnológicos. Desconecte de los problemas y dedique su tiempo libre a hacer ejercicio, decía el horóscopo.
A menudo estoy esperando una llamada de teléfono, tan solo un ring que nunca suena, y una espantosa soledad me ahoga, sobre todo a media tarde, cuando la oscuridad se cierne en el patio interior y parece que he estado perdiendo el tiempo durante todo el día. Entonces, llegada la hora, cierta hora en que la manecilla del reloj suena más que de costumbre en el silencio de la casa materna, abro mi mueble-bar, que no es otra cosa que el armario, y saco una botella.
De pronto, suena el teléfono.
Pregunto quién es y no obtengo respuesta. Otra vez una llamada anónima, tan solo una respiración al otro lado del auricular, y un último “clic”. Cuelgo, y llamo a mi amigo Xavi para contárselo, tengo que convencerle de que no se ha tratado de una alucinación. A él, la teoría de una psicóloga que hace llamadas anónimas a sus pacientes le parece inaceptable.
-El que te llama se estaría jugando el puesto. Además, recuerdo que en alguna ocasión me hablaste de esas llamadas. Es posible que se lo hayas contado a alguien más.
-No lo creo. En fin, todo esto me produce la sensación de estar siendo controlado de alguna manera, y sé que eso se acerca a la paranoia. Ya van muchos meses desde que me llaman y me cuelgan el teléfono sistemáticamente. De todas formas, tomaré medidas para que no se repita.
-¿Qué medidas?
-No lo sé. Se puede comprar un teléfono con pantalla líquida, pero para eso hay que instalar una línea especial de telefonía. También se puede poner una denuncia, para preparar un dispositivo. Si se repite mucho, tendré que ir a la policía. Pero todavía no sé lo que haré. Me gustaría escarmentar al autor de las llamadas de una forma más artesanal.
-¿Cómo?
-Aún no lo sé.
Aquella noche cené dos barritas de régimen Bio Century con sabor a chocolate negro y blanco, y me bebí unas cuantas cervezas.
Al día siguiente me acerqué a la tienda de deportes Sportland, donde pregunté por un pito.
-¿Un silbato?
-Sí, un silbato.
-Tenemos éstos –dijo el dependiente, mostrándome una vidriera con tres tipos de silbatos. Dos eran de plástico negro, uno más pequeño que el otro. El tercero era de metal plateado. Todos venían con su cinta para colgar del cuello.
-Lo que me interesa es que pite fuerte.
-Los de metal pitan más fuerte y más agudo.
-Tal vez me lleve el de metal. Es curioso, pero aquellos de juguete, los que tenían un garbanzo dentro, ya no los hacen.
Pagué cuatrocientas pelas por el pito de árbitro. En un eslabón de la correa se leía “Made in Taiwan”. En efecto, la bola que tenía en su interior no era un garbanzo, sino una pelotita de corcho. Le quité la correa blanca para que fuese más manejable. Era un hermoso instrumento. Lo probé en el balcón de casa: pitaba fuerte y agudo. Era un auténtico destrozatímpanos.
Lo dejé preparado, al lado del teléfono.

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