Archive for Agosto 3, 2006

Ayer me encontré con Adela en la terraza de un bar. Me dijo que le habían quitado la pastilla, y, jo, menuda putada, con lo bien que está una tomando su antidepresivo. Adela ha tenido bastantes crisis últimamente, por lo que le dice su psicóloga, que según ella conoce infinidad de historias acerca de la gente. No se ha quedado colgada, pero bueno, siempre según la psicóloga: “Ha estado bastante mal”. Cuando me enteré de que ella estaba enferma, pensé: “Bueno, si los dos estamos enfermos, ¿por qué no nos enrollamos?”. Adela no es fea. Quizás no tenga un cuerpo escultural a causa de la medicación, pero no es fea. Jamás intenté nada con ella, a pesar de que estuve en su casa muchas veces tomando café. Aquél día estaba sola en una mesa, así que me senté un rato.
-Me das envidia –dijo Adela.
-¿Por qué?
Se encogió de hombros:
-Porque tienes suerte.
-¿Suerte?
-Sí. Tú eres valiente. Has hecho cosas. Yo no tengo tanto valor.
-Tú todavía estás a tiempo.
Adela arqueó las cejas:
-A mí me acojona hasta salir a la esquina.
-¿Tú fumas ahora, Adela? –le pregunté.
-Hace tiempo que no fumo porros. Ahora prefiero los antidepresivos.
-Bueno, si te viene bien la química…
-Pues sí, ahora me encuentro bastante bien. Mucho mejor que hace unos meses. Si tú supieras…
En ese momento una mujer la llamó desde la otra acera de la calle.
-Es mi madre. Bueno, tengo que dejarte, me voy a casa a comer.
Intentó levantarse de la silla, perdió el equilibrio, y se cayó al suelo. Luego se incorporó, muy apurada, y exclamó, constatando la evidencia:
-¡Me he caído!
Después me dio un beso en la mejilla y se marchó.

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lagiralda.jpgPor la tarde bajé al Casco Viejo para pillar costo. Me topé con Manolo, el camello bipolar. Cuando me encuentro con uno que ha estado en un psiquiátrico no puedo menos que sentir cierta empatía. A Manolo le habían atado a la cama en su última experiencia hospitalaria.
-Llegué tranquilo –explicaba-. Pero me ataron. Les grité que me desatasen para ir al cuarto de baño pero no vino nadie. Me cagué y me meé encima, pero nadie me desató. No sé por qué lo hicieron. Yo creo que te atan para que te des cuenta de quién es el que manda, o de que estás haciendo el bobo.
-No te engañes, Manolo –le contesté-. Te atan para quitarse una preocupación de encima. Una triste realidad: es mucho más cómodo atar a las personas que tener que vigilarlas durante toda la noche.
-Ya. Tal vez tengas razón. Pero no sé.
-¿Ahora tomas algo?
-Sí. Pero las pastillas me dejan jodido. No siento nada. Es como si llevase unos guantes puestos. La realidad se vuelve baja en nicotina. Apenas siento placer con el sexo. Después de lo que he llegado a sentir yo –intentaba explicar-. ¿Tú sabes lo que es descubrir la esencia del universo en algo extremadamente pequeño? En una mota de polvo al sol puede haber una galaxia. He llegado a conclusiones que no tienen marcha atrás. Ahora todo eso está lejos. Pero en su momento yo vi las cosas muy claras.
Cuando Manolo intenta explicar lo que supo por inspiración divina, se pone un tanto confuso. O quizás es que yo no estoy capacitado para entenderle.

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A mi padre suelo encontrármelo con su mujer y su cuadrilla. Algunos van puestos de farlopa. Mi padre ya no puede. Está mal del corazón. Me topo con ellos en los lugares de moda, a cualquier hora de la noche o de la madrugada.
-Bueno, luego nos vemos –le digo.
-No te esfuerces demasiado en buscarnos –me contesta mi padre, mientras se aleja con sus amigos.
Cuando papá se divorció de mamá y se fue a vivir con su actual mujer, no le veía demasiado, excepto en los locales de moda. Luego, cuando empezó lo mío, hubo un reacercamiento, y comenzamos a quedar por las mañanas. En una ocasión, mientras nos tomábamos un blanco en una terraza, dijo:
-Tú no tienes suerte, hijo.
Fue una afirmación categórica, apesadumbrada y fatal.
-¿Por qué dices eso, papá? –le pregunté. Solamente se limitó a repetir, como si lo dijese para sus adentros:
-No tienes suerte.

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unafachada.jpgÚltimamente no he ido a la psicóloga. Le he dado plantón varias veces. ¿Sirve de algo la terapia? De acuerdo, charlar un poco no está mal. Pero no puede curarme. Además, mi mayor anhelo ahora no es hablar, sino adelgazar los catorce kilos que me sobran. Así que prefiero pasear por Bilbao, durante estos fúnebres días de noviembre, bajo un cielo plomizo, protegido del sirimiri por un chubasquero gris.

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Volverá a sonreír con la misma alegría de antes y hará feliz a su pareja. Su economía atraviesa una buena racha y es una excelente ocasión para ayudar a alguna ONG. En cuanto al trabajo, ayúdese de los últimos avances tecnológicos. Desconecte de los problemas y dedique su tiempo libre a hacer ejercicio, decía el horóscopo.
A menudo estoy esperando una llamada de teléfono, tan solo un ring que nunca suena, y una espantosa soledad me ahoga, sobre todo a media tarde, cuando la oscuridad se cierne en el patio interior y parece que he estado perdiendo el tiempo durante todo el día. Entonces, llegada la hora, cierta hora en que la manecilla del reloj suena más que de costumbre en el silencio de la casa materna, abro mi mueble-bar, que no es otra cosa que el armario, y saco una botella.
De pronto, suena el teléfono.
Pregunto quién es y no obtengo respuesta. Otra vez una llamada anónima, tan solo una respiración al otro lado del auricular, y un último “clic”. Cuelgo, y llamo a mi amigo Xavi para contárselo, tengo que convencerle de que no se ha tratado de una alucinación. A él, la teoría de una psicóloga que hace llamadas anónimas a sus pacientes le parece inaceptable.
-El que te llama se estaría jugando el puesto. Además, recuerdo que en alguna ocasión me hablaste de esas llamadas. Es posible que se lo hayas contado a alguien más.
-No lo creo. En fin, todo esto me produce la sensación de estar siendo controlado de alguna manera, y sé que eso se acerca a la paranoia. Ya van muchos meses desde que me llaman y me cuelgan el teléfono sistemáticamente. De todas formas, tomaré medidas para que no se repita.
-¿Qué medidas?
-No lo sé. Se puede comprar un teléfono con pantalla líquida, pero para eso hay que instalar una línea especial de telefonía. También se puede poner una denuncia, para preparar un dispositivo. Si se repite mucho, tendré que ir a la policía. Pero todavía no sé lo que haré. Me gustaría escarmentar al autor de las llamadas de una forma más artesanal.
-¿Cómo?
-Aún no lo sé.
Aquella noche cené dos barritas de régimen Bio Century con sabor a chocolate negro y blanco, y me bebí unas cuantas cervezas.
Al día siguiente me acerqué a la tienda de deportes Sportland, donde pregunté por un pito.
-¿Un silbato?
-Sí, un silbato.
-Tenemos éstos –dijo el dependiente, mostrándome una vidriera con tres tipos de silbatos. Dos eran de plástico negro, uno más pequeño que el otro. El tercero era de metal plateado. Todos venían con su cinta para colgar del cuello.
-Lo que me interesa es que pite fuerte.
-Los de metal pitan más fuerte y más agudo.
-Tal vez me lleve el de metal. Es curioso, pero aquellos de juguete, los que tenían un garbanzo dentro, ya no los hacen.
Pagué cuatrocientas pelas por el pito de árbitro. En un eslabón de la correa se leía “Made in Taiwan”. En efecto, la bola que tenía en su interior no era un garbanzo, sino una pelotita de corcho. Le quité la correa blanca para que fuese más manejable. Era un hermoso instrumento. Lo probé en el balcón de casa: pitaba fuerte y agudo. Era un auténtico destrozatímpanos.
Lo dejé preparado, al lado del teléfono.

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Tendré que volver a la psicóloga un día de estos. Pero, ¿cómo voy a ser capaz de mirarla a la cara, sospechando que ella o uno de los colegas de su gabinete me ha hecho una llamada anónima?
Dentro de poco tendré que volver a Barcelona, a recoger mis cosas, a ver a mi antigua novia, dentro de poco tendré que regresar y dar explicaciones, y aclarar las cosas, y dejarlo todo resuelto. Lo raro es que Bárbara aún desea mantener la pareja, aunque sea sin sexo, aunque vivamos en ciudades diferentes. Yo no entiendo nada.
Hoy he vuelto a discutir con mi madre. He dado un gran portazo, me he quedado con la manilla en la mano, y la he tirado por la ventana del patio interior. Qué pensarán los vecinos. Tal vez por eso necesito ir a la psicóloga. Tal vez por eso necesito que me tengan vigilado. Mamá me ha dicho que lo mejor que podía haber hecho es quedarme en Barcelona, y que desde que volví está peor de salud.
Estoy seguro de que, al saber de lo mío, muchas amigas de mi madre dirán:
-Pobre hijo.
Y otras muchas exclamarán:
-Pobre madre.

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figura-en-la-sombra.jpgVolé a Barcelona. Llegué el jueves por la noche. Bárbara, mi ex novia, insistió en que me metiese a la cama con ella. Pero no lo hice. Me quedé viendo la tele. El viernes por la mañana, cuando ella se fue a trabajar, me dediqué a recoger mis cosas y colocarlas en una maleta vacía.
Por la tarde Bárbara quería hacer el amor. Era raro que ahora que solo éramos amigos, de pronto, quisiese hacerlo. De novios, las ganas se le pasaron. Sin embargo, ahora parecía absolutamente necesario echar un polvo. Yo me negué. No obstante, el destino se encargó de contrariarme. Para aquél fin de semana de diciembre estaba prevista una ola de frío siberiano que trajo nieve a Barcelona. Para colmo, hubo un apagón. En tales circunstancias, con un frío del carajo, sin luz, y con Bárbara añadida pidiendo guerra, duré lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio. ¿Era acaso una oscura forma de sellar nuestro final?
Aquel fin de semana sucedió en la casa algo raro. Tres veces sonó el teléfono, a horas extrañas, y nadie habló al otro lado del auricular. Bárbara me dijo que era la primera vez que le pasaba, y me preguntó si yo le había dado a alguna chica el teléfono de Barcelona. Le contesté que no, que la única persona que podía conocer ese teléfono era, aparte de mi familia, mi propia psicóloga, una vez más.
El vuelo Barcelona-Bilbao fue penoso, un triste domingo, y además me colocaron en la cola del avión, junto a los motores. Al menos, si el avión ardía, yo sería el primero en explotar.

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Vi a la sicóloga.
-Alguna persona de tu entorno puede estar haciéndome llamadas anónimas –le dije.
-Eso es falso -contestó.
No pudimos hablar apenas, porque tenía una consulta.

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La búsqueda del placer perdido me convierte en un adorador de Baco. Por la mañana, prefiero el vino blanco. Por la tarde, cerveza o ron con limón. Refuerzo la embriaguez del alcohol con el cannabis (lo peor para un esquizofrénico). Y las tres cajetillas de tabaco, y el café. Y la pastilla de siempre, y la píldora para dormir. Tal vez sea una forma como otra cualquiera de suicidarse. La máxima expresión del placer: ¿la muerte?
Leo un recorte de prensa: “Los enfermos mentales son seis veces más propensos a ser víctimas de asesinato. La revista médica inglesa “The Lancet” constata que hasta ahora solo se les ha estudiado como autores de crímenes. Principalmente los esquizofrénicos y los afectados por la psicosis son seis veces más propensos a ser víctimas de homicidio, y doce veces más a optar por el suicidio en situaciones extremas que el resto de la población.”

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Por estas fechas, mi madre suele tener el empeño de leerme las tarjetas de navidad que le envían sus amigos o ex compañeros de trabajo. Le gusta leerme en voz alta las que son particularmente sentimentales, hasta llegar a la adulación empalagosa. Este año le he dicho un par de veces que no me las lea, que las felicitaciones navideñas son algo personal, y que además no me interesan especialmente. Pero es algo superior a sus fuerzas, y de vez en cuando me pasa una tarjeta y me dice: “Mira lo que me escribe fulanito de tal”. En esos casos, es mejor leer rápido y decirle “muy bonito”.
-Se ha muerto Alfredo Caparra –me cuenta mamá-. ¿No te acuerdas? Alfredo Caparra, de los Caparra, de Castro. Un hombre joven. Setenta y tres años.
-A mí un hombre de setenta y tres años no me parece joven.
-Uy, pues jovencísimo.
-Yo no hablaría nunca de un joven de setenta y tres años.
-Pues es un hombre joven. Como yo. Yo soy una mujer joven.
-La verdad es que ese relativismo me queda un poco lejos: espera a que yo cumpla años, porque tal vez todo se reduzca a una cuestión de edad. Mira, yo también tengo una necrológica. Sale en el periódico. Se ha muerto Alfred Heineken. Le apreciaba mucho.
-Sí, ya sé que te gustan bastante sus productos.
-Sí. Ahora las latas de cerveza llevan la anilla negra en su memoria.
-Pues pobre Alfredo Caparra. Con lo guapo que era, luego se estropeó mucho al final.
-A pesar de que era un hombre joven.
-Pues sí, un hombre joven.
-Ya.
-Sí, lo que ocurre es que los hombres soléis dar peor resultado. ¿Quieres otro poco de pechuga de pollo?
-No quiero mamá, te he dicho antes que no.
-Esto no engorda.
-La bechamel sí. Además no tengo hambre.
-Pero no vas a dejar ese trocito ahí. Se va a estropear.
-Te he dicho que no quiero, mamá.
-Pues no puedo tirar la comida. No tengo dinero como para tirar la comida.
-Nadie te ha dicho que la tires.
Suena el teléfono. Es una de las amigas de mamá. Así que aprovecho el momento y me voy a ver las noticias.
-Qué pena. Un hombre tan joven – oigo a lo lejos que le dice a su amiga.

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