Ayer me encontré con Adela en la terraza de un bar. Me dijo que le habían quitado la pastilla, y, jo, menuda putada, con lo bien que está una tomando su antidepresivo. Adela ha tenido bastantes crisis últimamente, por lo que le dice su psicóloga, que según ella conoce infinidad de historias acerca de la gente. No se ha quedado colgada, pero bueno, siempre según la psicóloga: “Ha estado bastante mal”. Cuando me enteré de que ella estaba enferma, pensé: “Bueno, si los dos estamos enfermos, ¿por qué no nos enrollamos?”. Adela no es fea. Quizás no tenga un cuerpo escultural a causa de la medicación, pero no es fea. Jamás intenté nada con ella, a pesar de que estuve en su casa muchas veces tomando café. Aquél día estaba sola en una mesa, así que me senté un rato.
-Me das envidia –dijo Adela.
-¿Por qué?
Se encogió de hombros:
-Porque tienes suerte.
-¿Suerte?
-Sí. Tú eres valiente. Has hecho cosas. Yo no tengo tanto valor.
-Tú todavía estás a tiempo.
Adela arqueó las cejas:
-A mí me acojona hasta salir a la esquina.
-¿Tú fumas ahora, Adela? –le pregunté.
-Hace tiempo que no fumo porros. Ahora prefiero los antidepresivos.
-Bueno, si te viene bien la química…
-Pues sí, ahora me encuentro bastante bien. Mucho mejor que hace unos meses. Si tú supieras…
En ese momento una mujer la llamó desde la otra acera de la calle.
-Es mi madre. Bueno, tengo que dejarte, me voy a casa a comer.
Intentó levantarse de la silla, perdió el equilibrio, y se cayó al suelo. Luego se incorporó, muy apurada, y exclamó, constatando la evidencia:
-¡Me he caído!
Después me dio un beso en la mejilla y se marchó.
Archivado en general, cuentos
Permalink
Comentarios (15)
Por la tarde bajé al Casco Viejo para pillar costo. Me topé con Manolo, el camello bipolar. Cuando me encuentro con uno que ha estado en un psiquiátrico no puedo menos que sentir cierta empatía. A Manolo le habían atado a la cama en su última experiencia hospitalaria.
Últimamente no he ido a la psicóloga. Le he dado plantón varias veces. ¿Sirve de algo la terapia? De acuerdo, charlar un poco no está mal. Pero no puede curarme. Además, mi mayor anhelo ahora no es hablar, sino adelgazar los catorce kilos que me sobran. Así que prefiero pasear por Bilbao, durante estos fúnebres días de noviembre, bajo un cielo plomizo, protegido del sirimiri por un chubasquero gris.
Volé a Barcelona. Llegué el jueves por la noche. Bárbara, mi ex novia, insistió en que me metiese a la cama con ella. Pero no lo hice. Me quedé viendo la tele. El viernes por la mañana, cuando ella se fue a trabajar, me dediqué a recoger mis cosas y colocarlas en una maleta vacía.
