2006
Lisboa desesperada
(Nota lisboeta de un bilboeta, escrita en una cafetería de la Praça de Pedro IV).
Gente que pide cigarrillos por las terrazas, un ejército de vendedores de hachís que ofrecen sistemáticamente su mercancía a todo el que pasa, docenas de negros desocupados sentados en las aceras a la espera de no se sabe qué, acordeonistas ambulantes que pergeñan sucesiones de notas sin sentido ni sentimiento, jovencísimas prostitutas que rondan a la puerta de la pensión, casas en estado de ruina total disimulada por los azulejos, obras eternas que parecen abandonadas. Lisboa, miseria y desencanto. Empinadísimas cuestas arriba y abajo en el Bairro Alto, gimnasio natural de turistas -en su mayoría españoles- que invaden la ciudad cual nuevos conquistadores, husmeando rastros del ajeno esplendor perdido, regodeándose con las grietas de las fachadas, con la ropa pasada de moda de los colgadores, con los pequeños barzuchos donde nunca comerán ni beberán nada. Se diría que los ingleses se cargaron la gastronomía portuguesa de pie de calle, porque los foráneos se alimentan en las terrazas de bistecs nerviosos con patatas cocidas, filetes de saladísimo bacalao rebozado sin gracia, vacías y correosas capuchas de calamares a la plancha, pizzas dichas de frutos de mar que sólo contienen un par de almejas y una gamba, y cuyo ingrediente principal es el chaka artificial en barritas.
Puede que Lisboa sea la última ciudad auténtica de Europa occidental, puesto que la pobreza dota a su fisonomía urbana de una tremenda y espontánea naturalidad. La que yo veo desde mi terraza es una Lisboa desesperada, sí, pero también una Lisboa sincera, no culpable, instalada plácidamente en la inocencia de su pluscuamperfecta decadencia. La dama del Tajo no se lamenta de su suerte, no se queja, ni siquiera quiere impresionar al visitante. Simplemente se muestra tal y como es.
(24-8-06)
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