Archive for Agosto, 2006

Tendré que volver a la psicóloga un día de estos. Pero, ¿cómo voy a ser capaz de mirarla a la cara, sospechando que ella o uno de los colegas de su gabinete me ha hecho una llamada anónima?
Dentro de poco tendré que volver a Barcelona, a recoger mis cosas, a ver a mi antigua novia, dentro de poco tendré que regresar y dar explicaciones, y aclarar las cosas, y dejarlo todo resuelto. Lo raro es que Bárbara aún desea mantener la pareja, aunque sea sin sexo, aunque vivamos en ciudades diferentes. Yo no entiendo nada.
Hoy he vuelto a discutir con mi madre. He dado un gran portazo, me he quedado con la manilla en la mano, y la he tirado por la ventana del patio interior. Qué pensarán los vecinos. Tal vez por eso necesito ir a la psicóloga. Tal vez por eso necesito que me tengan vigilado. Mamá me ha dicho que lo mejor que podía haber hecho es quedarme en Barcelona, y que desde que volví está peor de salud.
Estoy seguro de que, al saber de lo mío, muchas amigas de mi madre dirán:
-Pobre hijo.
Y otras muchas exclamarán:
-Pobre madre.

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figura-en-la-sombra.jpgVolé a Barcelona. Llegué el jueves por la noche. Bárbara, mi ex novia, insistió en que me metiese a la cama con ella. Pero no lo hice. Me quedé viendo la tele. El viernes por la mañana, cuando ella se fue a trabajar, me dediqué a recoger mis cosas y colocarlas en una maleta vacía.
Por la tarde Bárbara quería hacer el amor. Era raro que ahora que solo éramos amigos, de pronto, quisiese hacerlo. De novios, las ganas se le pasaron. Sin embargo, ahora parecía absolutamente necesario echar un polvo. Yo me negué. No obstante, el destino se encargó de contrariarme. Para aquél fin de semana de diciembre estaba prevista una ola de frío siberiano que trajo nieve a Barcelona. Para colmo, hubo un apagón. En tales circunstancias, con un frío del carajo, sin luz, y con Bárbara añadida pidiendo guerra, duré lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio. ¿Era acaso una oscura forma de sellar nuestro final?
Aquel fin de semana sucedió en la casa algo raro. Tres veces sonó el teléfono, a horas extrañas, y nadie habló al otro lado del auricular. Bárbara me dijo que era la primera vez que le pasaba, y me preguntó si yo le había dado a alguna chica el teléfono de Barcelona. Le contesté que no, que la única persona que podía conocer ese teléfono era, aparte de mi familia, mi propia psicóloga, una vez más.
El vuelo Barcelona-Bilbao fue penoso, un triste domingo, y además me colocaron en la cola del avión, junto a los motores. Al menos, si el avión ardía, yo sería el primero en explotar.

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Vi a la sicóloga.
-Alguna persona de tu entorno puede estar haciéndome llamadas anónimas –le dije.
-Eso es falso -contestó.
No pudimos hablar apenas, porque tenía una consulta.

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La búsqueda del placer perdido me convierte en un adorador de Baco. Por la mañana, prefiero el vino blanco. Por la tarde, cerveza o ron con limón. Refuerzo la embriaguez del alcohol con el cannabis (lo peor para un esquizofrénico). Y las tres cajetillas de tabaco, y el café. Y la pastilla de siempre, y la píldora para dormir. Tal vez sea una forma como otra cualquiera de suicidarse. La máxima expresión del placer: ¿la muerte?
Leo un recorte de prensa: “Los enfermos mentales son seis veces más propensos a ser víctimas de asesinato. La revista médica inglesa “The Lancet” constata que hasta ahora solo se les ha estudiado como autores de crímenes. Principalmente los esquizofrénicos y los afectados por la psicosis son seis veces más propensos a ser víctimas de homicidio, y doce veces más a optar por el suicidio en situaciones extremas que el resto de la población.”

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Por estas fechas, mi madre suele tener el empeño de leerme las tarjetas de navidad que le envían sus amigos o ex compañeros de trabajo. Le gusta leerme en voz alta las que son particularmente sentimentales, hasta llegar a la adulación empalagosa. Este año le he dicho un par de veces que no me las lea, que las felicitaciones navideñas son algo personal, y que además no me interesan especialmente. Pero es algo superior a sus fuerzas, y de vez en cuando me pasa una tarjeta y me dice: “Mira lo que me escribe fulanito de tal”. En esos casos, es mejor leer rápido y decirle “muy bonito”.
-Se ha muerto Alfredo Caparra –me cuenta mamá-. ¿No te acuerdas? Alfredo Caparra, de los Caparra, de Castro. Un hombre joven. Setenta y tres años.
-A mí un hombre de setenta y tres años no me parece joven.
-Uy, pues jovencísimo.
-Yo no hablaría nunca de un joven de setenta y tres años.
-Pues es un hombre joven. Como yo. Yo soy una mujer joven.
-La verdad es que ese relativismo me queda un poco lejos: espera a que yo cumpla años, porque tal vez todo se reduzca a una cuestión de edad. Mira, yo también tengo una necrológica. Sale en el periódico. Se ha muerto Alfred Heineken. Le apreciaba mucho.
-Sí, ya sé que te gustan bastante sus productos.
-Sí. Ahora las latas de cerveza llevan la anilla negra en su memoria.
-Pues pobre Alfredo Caparra. Con lo guapo que era, luego se estropeó mucho al final.
-A pesar de que era un hombre joven.
-Pues sí, un hombre joven.
-Ya.
-Sí, lo que ocurre es que los hombres soléis dar peor resultado. ¿Quieres otro poco de pechuga de pollo?
-No quiero mamá, te he dicho antes que no.
-Esto no engorda.
-La bechamel sí. Además no tengo hambre.
-Pero no vas a dejar ese trocito ahí. Se va a estropear.
-Te he dicho que no quiero, mamá.
-Pues no puedo tirar la comida. No tengo dinero como para tirar la comida.
-Nadie te ha dicho que la tires.
Suena el teléfono. Es una de las amigas de mamá. Así que aprovecho el momento y me voy a ver las noticias.
-Qué pena. Un hombre tan joven – oigo a lo lejos que le dice a su amiga.

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A media tarde me llamó Xavi. Xavi siempre me llama con la misma frecuencia con la que compra cocaína. Cuando necesita coca, aproximadamente cada dos semanas, agarra el teléfono y me pega un toque. Nos vamos al bar donde compra y allí nos tomamos algo –lo suyo sin alcohol- y pilla la farlopa. Yo nunca me meto nada; antes sí que caía alguna rayita ocasional, pero Xavi se va pronto a casa, así que no lo disfrutaría. Cuando le digo que sólo me llama para comprar, me contesta: “También podría pillar solo”. Pero estoy seguro de que prefiere hacer el recado acompañado: acudir solo le daría pereza. Así que la salida de compras se ha convertido en una costumbre. Mis intentos por sacarle otros días de su casa, diciéndole que tomar el aire le vendría bien para la salud, han resultado vanos. Sólo nos vemos para comprar.
Una de esas tardes, me apeteció tomar un mojito en una bodeguita cubana, después de hacer la compra de turno. Se lo propuse a Xavi, que no bebe desde que le diagnositicaron la úlcera sangrante.
-¿Mojito? –exclamó- ¿Para qué te quieres tomar un mojito?
-Porque me apetece tomar un mojito.
-¿Qué es eso de mojito?
-Ya sabes, una bebida cubana.
-A ver, ¿qué lleva un mojito?
-Agua, zumo de limón, hielo machacado, azúcar, hierbabuena y ron. No sé por qué te mosquea que me quiera tomar un mojito.
-Me mosquea porque es la primera vez en tu vida que se te ocurre tomarte un mojito.
-No es la primera vez.
-No me digas que te gustan los mojitos. Además esa bodeguita cubana no tiene nada de ambiente.
-Ni siquiera has entrado.
-Vale. Vamos a entrar. Pero lo del mojito me parece una gilipollez –sentenció Xavi.
Diez minutos más tarde, comentaba que la bodeguita cubana dichosa no estaba tan mal. Decía que le hacía pensar en otra estación, en otro clima. Había que esforzarse por entender a Xavi. Le habían prohibido la bebida, y tal vez por eso le daba rabia que yo me tomase un mojito.
La última vez que estuvimos juntos no pudo pillar y eso debió de afectarle bastante, aunque me dijo que no importaba. Cultivando el difícil arte de la charla, porque él permanecía mudo como un niño enfadado, le comenté que a veces escribía notas, y que en alguna salía un personaje que, en realidad, estaba inspirado en él. “¿Con vistas a publicar?”, me preguntó. “¿Por qué no?”, le respondí, guasón; “Soy escritor”. A Xavi se le hinchó visiblemente una vena de la frente, enrojeció, y me adviritió, con repentina hosquedad: “¡Lo que puedes conseguir es que no te vuelva a hablar más en la puta vida!”. Yo no dije nada, pero, para mis adentros, pensé que teniendo en cuenta cómo habían transcurrido nuestros últimos encuentros, tampoco me desagradaba tanto la idea.

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Ayer oí por la televisión que una señora decía, refiriéndose a su hijo esquizofrénico: “La mente de un esquizofrénico es como una tacita de porcelana: se rompe, y hay que reunir los pedazos. Se vuelve a romper, y hay que reunir los pedazos otra vez”. La metáfora me pareció muy inspirada. Me hubiera gustado que alguien le preguntase si era de su cosecha, o si se lo había dicho algún médico poeta. El caso es que su hijo estaba allí, presente, sentado entre el público, pero no quiso hablar. En su cara se veía que estaba en tratamiento; tenía también cierto aspecto asustado que trascendía al respeto por las cámaras: ese miedo a existir que transforma la expresión de algunos enfermos mentales. Mamá confesaba que una vez su hijo la había pegado, pero que estaba arrepentido y que ella le había perdonado porque era lo que más quería en el mundo.
Peso diez kilos menos que hace dos meses. He recuperado mi aspecto normal con ayuda de un régimen especial: barritas de un concentrado con sabor a chocolate, blanco y negro. Al principio sufrí un poco, hasta que mi estómago se acostumbró y se redujo. Sin embargo, me han quedado de recuerdo unas lorzas que circundan mi cintura como un flotador. Xavi me dijo: “Ah, esas no se quitan”, con una sonrisa que rayaba en la satisfacción.

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Mi madre me regaló un calendario del Igualatorio Médico Quirúrgico. En la foto del mes de enero salía la clínica de la Virgen Blanca. En la del mes de mayo unos médicos operaban a una paciente.
Por la noche, mamá vino con su móvil, y me dijo, muy seria:
-Hoy es mi santo.
-Felicidades –le contesté-. A mí nadie me felicita por mi santo.
-No, no lo decía por eso. Es mi santo y me han enviado mensajes. Escucha este de fulanita: “Eres una mujer maravillosa, con un gran corazón que regalas generosamente, y eres una mujer maravillosa con…”, no, espera un poco…
-Mamá, por favor, eso es personal –le dije, una vez más-. Es como las felicitaciones de navidad. Es un tesoro que debes guardar para ti.
No se me ocurrió decirle otra cosa más diplomática para explicarle, de nuevo, que los elogios poéticos de felicitación y las adulaciones de tarjeta y todas esas cosas, tan sentidas, pero tan cursis, no me interesaban en absoluto, que me aburrían, e incluso, por qué no, que me avergonzaba su reiterada predisposición a leérmelas, como si tuviera que admirarme de lo que opinaban de ella sus amigos. “Es un tesoro que debes guardar para ti”. Mamá dobló su sonrisa y se marchó. Antes de acostarse, ni siquiera me dio las Buenas Noches. O acaso no la oí.

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Como no podía ser de otra manera, acudí a la consulta del psiquiatra.
El médico me recibió relativamente pronto para su costumbre. Aquél día, por lo visto, iba bien de tiempo. Mantuvimos una charla acerca de las cosas buenas que tiene, incluso, la vida de un enfermo. Le pedí una receta más de Trankimazín. No, la ansiedad no remitía.

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lafarmacia.jpgMe llamaron para dar una conferencia. Sobre mi último libro y el oficio de escritor. En realidad, la conferencia iba a tener lugar en un colegio de Vitoria, y los oyentes iban a ser alumnos de secundaria, entre los catorce y los quince años. Me pagaban ciento veinte euros. No era una barbaridad, pero tampoco algo desdeñable para mí. Me sorprendió el interés que se tomaron los niños por mi último libro, que habían leído ese trimestre como trabajo de literatura.
-¿Fumas porros, como el del libro? –preguntaban.
-¿Te cascas pajas?
-¿Te tiraste a la chica?
Pese a mis esfuerzos no conseguí que la totalidad de la clase me escuchase: hubo muchos que me ignoraron olímpicamente. Por si quedaba alguna duda, respondí con sinceridad a todas las preguntas. Sí, fumaba porros “de vez en cuando”, pero había que usar las drogas, incluido el alcohol, “con sentido común”, y añadí: “Deciros que no os droguéis sería practicar una doble moral por mi parte, pero creo que ya tenéis suficiente información como para saber que es mejor no dejarse esclavizar por nada. Además, el cannabis os puede acarrear problemas mentales, como me ha sucedido a mí. Yo, de hecho, quiero dejarlo”. Se produjo un momentáneo silencio antes de la siguiente pregunta. Sí, masturbarse ocasionalmente relajaba mucho, y no había por qué avergonzarse de ello. No, la chica era un personaje de ficción. No obstante, sí, podía parecerse a alguien real.
Volví de Vitoria en el autobús de las 3:30. No me encontraba demasiado bien. Poco más tarde me dolía el cuerpo como si me hubiesen propinado una paliza.
Antes de regresar a casa, pasé por la farmacia y compré unas aspirinas y otra caja de Trankimazín 0,25. Después de tomarme una aspirina, darle unas caladas a un porro y unos tragos a una cerveza, apilé el Trankimazín donde acostumbraba, en el botiquín del baño. Ya sumaban seis cajas. En total, ciento ochenta pastillas.
Al día siguiente, durante la consulta, le confesé a mi psiquiatra que había acumulado Trankimazines durante meses para tomármelos todos de golpe y suicidarme, pero que no había tenido valor para hacerlo. Él sonrió, y me dijo: “Sí, uno se podría suicidar con Trankimazines… si después de tomárselos todos, se pusiera delante de un camión”.

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