A media tarde me llamó Xavi. Xavi siempre me llama con la misma frecuencia con la que compra cocaína. Cuando necesita coca, aproximadamente cada dos semanas, agarra el teléfono y me pega un toque. Nos vamos al bar donde compra y allí nos tomamos algo –lo suyo sin alcohol- y pilla la farlopa. Yo nunca me meto nada; antes sí que caía alguna rayita ocasional, pero Xavi se va pronto a casa, así que no lo disfrutaría. Cuando le digo que sólo me llama para comprar, me contesta: “También podría pillar solo”. Pero estoy seguro de que prefiere hacer el recado acompañado: acudir solo le daría pereza. Así que la salida de compras se ha convertido en una costumbre. Mis intentos por sacarle otros días de su casa, diciéndole que tomar el aire le vendría bien para la salud, han resultado vanos. Sólo nos vemos para comprar.
Una de esas tardes, me apeteció tomar un mojito en una bodeguita cubana, después de hacer la compra de turno. Se lo propuse a Xavi, que no bebe desde que le diagnositicaron la úlcera sangrante.
-¿Mojito? –exclamó- ¿Para qué te quieres tomar un mojito?
-Porque me apetece tomar un mojito.
-¿Qué es eso de mojito?
-Ya sabes, una bebida cubana.
-A ver, ¿qué lleva un mojito?
-Agua, zumo de limón, hielo machacado, azúcar, hierbabuena y ron. No sé por qué te mosquea que me quiera tomar un mojito.
-Me mosquea porque es la primera vez en tu vida que se te ocurre tomarte un mojito.
-No es la primera vez.
-No me digas que te gustan los mojitos. Además esa bodeguita cubana no tiene nada de ambiente.
-Ni siquiera has entrado.
-Vale. Vamos a entrar. Pero lo del mojito me parece una gilipollez –sentenció Xavi.
Diez minutos más tarde, comentaba que la bodeguita cubana dichosa no estaba tan mal. Decía que le hacía pensar en otra estación, en otro clima. Había que esforzarse por entender a Xavi. Le habían prohibido la bebida, y tal vez por eso le daba rabia que yo me tomase un mojito.
La última vez que estuvimos juntos no pudo pillar y eso debió de afectarle bastante, aunque me dijo que no importaba. Cultivando el difícil arte de la charla, porque él permanecía mudo como un niño enfadado, le comenté que a veces escribía notas, y que en alguna salía un personaje que, en realidad, estaba inspirado en él. “¿Con vistas a publicar?”, me preguntó. “¿Por qué no?”, le respondí, guasón; “Soy escritor”. A Xavi se le hinchó visiblemente una vena de la frente, enrojeció, y me adviritió, con repentina hosquedad: “¡Lo que puedes conseguir es que no te vuelva a hablar más en la puta vida!”. Yo no dije nada, pero, para mis adentros, pensé que teniendo en cuenta cómo habían transcurrido nuestros últimos encuentros, tampoco me desagradaba tanto la idea.