Archive for Septiembre, 2006

naranjas.jpgNéstor Pizarro Rosas quería sentirse como un prócer de la nación, así que se dispuso a dar su propio discurso político, subido a una caja de naranjas en una plaza sudamericana cuyo nombre no voy a referir, aunque puedo asegurar -simplemente por dar una referencia inconcreta, medioambiente del absurdo- que no era paraguaya. Para empezar, Néstor consideró que no había nada como arrancar con una frase brillante, por ejemplo, un rotundo: Yo lo que quiero es que hagan ustedes lo que les dé la gana.

Un descontento, oculto entre el público que le observaba, le replicó a voz en grito: ¿Nos está tomando el pelo? ¡Sería la anarquía! ¡Es usted un incendiario! Manteniendo el tipo con una sonrisa, Néstor calmó a la multitud: Pues entonces, no hagan nada que no quieran.

Una nueva voz se elevó sobre las cabezas, y contestó: ¡Eso huele a demagogia! ¡Está confundiendo al pueblo! Muchas otras voces se sumaron para apoyar la propuesta, así que no pudo menos que defenderse de una forma inteligente: En realidad, todo mi esfuerzo está dirigido a los niños: se merecen un mañana mejor. La réplica no se hizo esperar: ¡Está utilizando a los menores como herramienta política! La gente comenzó a insultarle con rabia incontenible.

Néstor se supo perdido, y se despidió de una forma natural: Bueno, queridos amigos. Gracias por su atención. Son todos estupendos. Sin embargo, no acabó de convencer al populacho: ¡Ni si quiera sabe mentir!, gritó la turba, mientras le lanzaba cucuruchos de patatas fritas vacíos.

Comprendiendo que al pueblo no hay que darle nunca lo que quiere, exclamó, en un arrebato de ira: Son todos unos pobres miserables. ¡No se merecen la democracia! ¡No saben ser libres!
¡Nos está insultando!, se escandalizó la masa de posibles electores antes de agarrarlo entre todos, golpearlo, lapidarlo, despellejarlo, colgarlo, despedazarlo, y vender sus trocitos a un restaurante chino.

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Hoy, a veintiocho de septiembre, mientras comía con mi madre en su casa –acudo casi todos los jueves- me ha arrojado a la cara sin avisar esta serie de palabras:
-Ya tengo el menú de navidad.
Después de mascar el último bocado y limpiarme con la servilleta, tomándome el tiempo necesario para intentar reflexionar, he protestado, un tanto molesto:
-Pero, ¿cómo se te ocurre decirme eso a veintiocho de septiembre?
-¿No te gusta la navidad? –ha sido su respuesta.

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Busco un documental que emitieron en la TV2 a partir de las doce, que se titulaba: “El orden criminal del mundo” (Programa: “En Portada”, presentador: Juan Antonio Sacaluga) y en el cual intervenían el relator especial para la ONU, Jean Ziegler, y Eduardo Galeano (mil disculpas por haberle confundido con Julio Sevares en la anterior entrada).

No tiene desperdicio. A ver si alguien lo encuentra por ahí. En todo caso, mucho ojo a esos dos personajes -Jean Ziegler y Eduardo Galeano-, hay que seguirles la pista.

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28 Sep
2006

Un mundo nuevo

un-mundo-nuevo.jpgConocí a mi padre por la videoconsola. La primera vez que le vi, tan paternalmente virtual, me inventé una madre para que no estuviese solo. Por supuesto, jugué interactivamente a problemas familiares, que procuré no fueran más allá de alguna discusión sin importancia. No accedí a los niveles de auténtica violencia doméstica, sino que me inventé recuerdos de una infancia idílica, que recogían imágenes de la primera vez que había visto el mar, unos paseos en bicicleta con un perro digitalizado, fotos de mis cumpleaños, y cosas así. Además, obsequiaba a la gente ofreciéndoles un caramelo pixelado, y hacía amistades que podían ir más allá de la pantallita para jugar. Claro que no pude evitar la zozobra de la adolescencia, durante la cual utilicé la consola para navegar por mares peligrosos, buscando cantos de sirena por los barrios portuarios más oscuros de la red.
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Muchos africanos creen que en el mundo de los muertos todo sucede al revés que en el de los vivos. Así, cuando en el mundo de los vivos es de día, en el de los muertos es de noche. Cuando en uno corre la estación de las lluvias, en el otro toca la sequía. Además, los difuntos caminan cabeza abajo, y su lado izquierdo corresponde al derecho. Por descontado, a los muertos se les habla al revés, y no hay que esperar entenderles cuando se dirigen a uno. Por último, lo más importante: si un muerto se niega a abandonar éste mundo –empeñado en llevar la contraria- es necesario recordarle que no se negó a nacer, y por eso cuando alguien fallece se celebra una gran fiesta, para que no tenga ninguna duda de que sus propios familiares no desean que se quede entre ellos.

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26 Sep
2006

Lea la etiqueta

hecho-puré.jpgMi angustia estaba compuesta de melocotón, jarabe de glucosa y fructosa, azúcar, espesante E-410 y benzoato sódico, que extendí sobre la rebanada de pan como quien reparte la soledad amarga y la acompaña de la tristeza del Omega 3 en la leche. Si tuviera que definirlo de alguna forma, diría que mi desmayo matutino se compensó parcialmente con un poema moderno de vitaminas A, D, E, y B, un aporte explícito de romántica fibra que vibraba, e incluso una hermosa metáfora en los versos del concentrado de frutas.

(Nota: La poesía de las etiquetas todavía no ha sido debidamente reconocida, ni siquiera por esos millones de personas que desayunan, comen y cenan solas y se dedican a leerlas, a recortarlas a veces, y a guardarlas como si fueran tesoros, porque cuando se está abocado a la vida solitaria, la única compañía para algunos -aparte de la radio y la tv- son los soberbios pasajes de la etiqueta y el envase. El modo de preparación ha propiciado el retorno de muchos a la Gran Literatura, y las recomendaciones culinarias cumplen la función del ensayo gastronómico, lo mismo que la información nutricional es un excelente complemento de los periódicos y los telediarios.)

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Beber de los clásicos no significa meter los libros más antiguos en la licuadora.

Beber de los clásicos no produce resaca.

Beber de los clásicos no da hipo.

Beber de los clásicos no engorda.

Beber de los clásicos no indica necesariamente que haya que pasar de eso al porro.

Pero como advertía el poeta:

La resaca prometía:
autores rusos, después franceses,
¡qué altura, qué tumbos, qué eses!
¡Bebo de los clásicos!, decía.

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Ã�gata-Esmeralda.jpgMis dos gatas, Ágata –valga la redundancia- y Esmeralda –se quedó con “Esme”, el ingenio no nos llegó en casa para su nombre- se suben a la mesa para capturar los últimos atardeceres de septiembre con una languidez un poco sombría. Tienen la expresión grave, como si estuvieran contemplando algo realmente serio: un crepúsculo de otoño.

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21 Sep
2006

Arañas

El ciudadano vasco-finlandés Erko Reka se percató un buen día de que el dicho judaico que le contaba su abuela de origen húngaro afincada en París: “Araignée de matin, chagrin; araignée de soir, espoir”, añadido a sus simpatías por el budismo -inoculadas por un tío suyo japonés- y a la traumatizante aprensión familiar de una hermana histérica que nació en Transylvannia de casualidad, le impedían desalojar por la fuerza a la araña que descansaba en la pared de su cuarto, al menos hasta que la localizase su gato, que, por cierto, era de Persia.

Viviendo en Francia como era el caso de Erko Reka, la araña había llegado volando desde Gran Bretaña, cruzando intrépidamente el estrecho agarrada a un hilo de seda, despegándose de la otra mitad del grupo que cogió camino hacia Alemania, concretamente hacia Dusseldorf, para instalar sus telarañas. Erko Reka decidió prepararse un té rojo de la India en una tacita que tenía la bandera sueca, mientras murmuraba en francés: “Je m´ enmerde”.

Después de tomar un sorbo, abrió la ventana y, generosamente, concedió la libertad a la araña, diciéndole adiós en varios idiomas. Sin embargo, la araña se negó a marcharse, y fue entonces cuando probó la calidad de la suela de los zapatos italianos del señor, que no se arrepintió de nada, aunque se había cargado a una araña de mundo, con familia en Brasil.

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bronceador.jpgUna tarde, aprovechaba su pase de salida el santo esquizofrénico con dos veteranos del psiquiátrico, cuando, acercándose a las tascas del pueblo, le advirtieron: “Mira chaval, nosotros tenemos la intención de tomarnos unas sidras. ¡Sólo unas sidras! No hay nada de malo en tomarse una sidrita, que es la época y no lleva nada de alcohol. ¡Es casi un refresco! No se lo dirás a los enfermeros, ¿no?”. El santo esquizofrénico negó con la cabeza, asegurando que no era un chivato. Así comenzaron las rondas de sidra –alternando con algún que otro tinto- que se pimplaban los dos veteranos, a la salud el uno del otro.

Justo es reconocer que el santo no bebía, y que los otros dos, paternalistas, le animaban para que continuase sobrio, recordándole –a él, y de paso a sí mismos- lo malo que es el alcohol. Pero, acto seguido, reivindicaban de nuevo su alegría amparándose en el bajo contenido alcohólico de la sidra, motivo por el cual nadie podía salir perjudicado.
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