2006
Sobre una caja de naranjas
Néstor Pizarro Rosas quería sentirse como un prócer de la nación, así que se dispuso a dar su propio discurso político, subido a una caja de naranjas en una plaza sudamericana cuyo nombre no voy a referir, aunque puedo asegurar -simplemente por dar una referencia inconcreta, medioambiente del absurdo- que no era paraguaya. Para empezar, Néstor consideró que no había nada como arrancar con una frase brillante, por ejemplo, un rotundo: Yo lo que quiero es que hagan ustedes lo que les dé la gana.
Un descontento, oculto entre el público que le observaba, le replicó a voz en grito: ¿Nos está tomando el pelo? ¡Sería la anarquía! ¡Es usted un incendiario! Manteniendo el tipo con una sonrisa, Néstor calmó a la multitud: Pues entonces, no hagan nada que no quieran.
Una nueva voz se elevó sobre las cabezas, y contestó: ¡Eso huele a demagogia! ¡Está confundiendo al pueblo! Muchas otras voces se sumaron para apoyar la propuesta, así que no pudo menos que defenderse de una forma inteligente: En realidad, todo mi esfuerzo está dirigido a los niños: se merecen un mañana mejor. La réplica no se hizo esperar: ¡Está utilizando a los menores como herramienta política! La gente comenzó a insultarle con rabia incontenible.
Néstor se supo perdido, y se despidió de una forma natural: Bueno, queridos amigos. Gracias por su atención. Son todos estupendos. Sin embargo, no acabó de convencer al populacho: ¡Ni si quiera sabe mentir!, gritó la turba, mientras le lanzaba cucuruchos de patatas fritas vacíos.
Comprendiendo que al pueblo no hay que darle nunca lo que quiere, exclamó, en un arrebato de ira: Son todos unos pobres miserables. ¡No se merecen la democracia! ¡No saben ser libres!
¡Nos está insultando!, se escandalizó la masa de posibles electores antes de agarrarlo entre todos, golpearlo, lapidarlo, despellejarlo, colgarlo, despedazarlo, y vender sus trocitos a un restaurante chino.
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Conocí a mi padre por la videoconsola. La primera vez que le vi, tan paternalmente virtual, me inventé una madre para que no estuviese solo. Por supuesto, jugué interactivamente a problemas familiares, que procuré no fueran más allá de alguna discusión sin importancia. No accedí a los niveles de auténtica violencia doméstica, sino que me inventé recuerdos de una infancia idílica, que recogían imágenes de la primera vez que había visto el mar, unos paseos en bicicleta con un perro digitalizado, fotos de mis cumpleaños, y cosas así. Además, obsequiaba a la gente ofreciéndoles un caramelo pixelado, y hacía amistades que podían ir más allá de la pantallita para jugar. Claro que no pude evitar la zozobra de la adolescencia, durante la cual utilicé la consola para navegar por mares peligrosos, buscando cantos de sirena por los barrios portuarios más oscuros de la red.
Mi angustia estaba compuesta de melocotón, jarabe de glucosa y fructosa, azúcar, espesante E-410 y benzoato sódico, que extendí sobre la rebanada de pan como quien reparte la soledad amarga y la acompaña de la tristeza del Omega 3 en la leche. Si tuviera que definirlo de alguna forma, diría que mi desmayo matutino se compensó parcialmente con un poema moderno de vitaminas A, D, E, y B, un aporte explícito de romántica fibra que vibraba, e incluso una hermosa metáfora en los versos del concentrado de frutas.
Mis dos gatas, Ágata –valga la redundancia- y Esmeralda –se quedó con “Esme”, el ingenio no nos llegó en casa para su nombre- se suben a la mesa para capturar los últimos atardeceres de septiembre con una languidez un poco sombría. Tienen la expresión grave, como si estuvieran contemplando algo realmente serio: un crepúsculo de otoño.
Una tarde, aprovechaba su pase de salida el santo esquizofrénico con dos veteranos del psiquiátrico, cuando, acercándose a las tascas del pueblo, le advirtieron: “Mira chaval, nosotros tenemos la intención de tomarnos unas sidras. ¡Sólo unas sidras! No hay nada de malo en tomarse una sidrita, que es la época y no lleva nada de alcohol. ¡Es casi un refresco! No se lo dirás a los enfermeros, ¿no?”. El santo esquizofrénico negó con la cabeza, asegurando que no era un chivato. Así comenzaron las rondas de sidra –alternando con algún que otro tinto- que se pimplaban los dos veteranos, a la salud el uno del otro.
