Un día de primavera, mi novia Elisenda y yo decidimos ir al parque de pic-nic, con la cesta, el mantel, los fiambres y una botella de vino. Mientras devoraba su bocadillo, Elisenda se admiraba del precioso día que hacía, y de lo bien que se estaba en el parque de los patos.
-Me da envidia tu felicidad, Elisenda –le confesé, atisbando unas nubes en segundo plano-. Seguro que el horizonte que te toca a ti está despejado. Estoy convencido de que vivimos en mundos diferentes, y me gusta más el tuyo, es más amable, más luminoso y, en definitiva, mucho más acogedor.
Elisenda ronroneó de placer.
-Fíjate cómo está la gente, sin camiseta, y con los pantalones arremangados… Llega la primavera. Qué gozada. Deberías aprender a disfrutar, y, sobre todo, a ser más positivo.
Efectivamente, detrás de mí, el verde esmeralda del prado parecía estallar bajo los rayos del sol, y la composición de las figuras tendidas sobre la hierba tenía la lánguida armonía de un cuadro puntillista de Seurat. Un agradable perfume a hierba fresca indicaba que el césped estaba recién cortado. Estornudé cuatro veces seguidas a causa del polen, y me soné la nariz con una servilleta de papel.
-Sí –insistí-. Reconozco que tienes toda la razón. Debería ser más optimista, más positivo, como tú dices. Y saber mirarlo todo con buenos ojos -resumí, mientras me limpiaba los míos con el pañuelo, porque estaban bastante irritados a causa de la alergia.
-Bueno, todo depende también de adónde se mire –dijo Elisenda.
Justo en ése preciso instante vi un pato muerto flotando en el agua del canal, a sus espaldas. No se lo comuniqué, porque estábamos comiendo.
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