2006
El esqueleto de la novela
Hombre hablando por teléfono:
-Pero, piénsalo bien. A estas alturas, no vas a montar ése escándalo, ¿no?
Silencio.
-Mira, que te haya robado o no el esqueleto –como tú dices- de tu novela manuscrita es algo que tenéis que solucionar entre ambos… Claro, ya sabes que las pirañas existen, y que devoran todo lo que encuentran, incluso a veces se devoran entre sí. ¿Oye? Sí, hay muchas interferencias. Quizás todo se haya tratado de una pura coincidencia, algo relacionado con la sincronicidad de Jung. Y si no fuera así, ya sabes lo que pienso, algunos escritores jóvenes son como el placton para otros con más malicia. No te lo tomes tan a la tremenda porque te haya comido una ballena. Además, ¿no te hace ilusión ver tus ideas correr por las venas de los que admiras? Métele un poco de ironía al asunto. No hay nada comparable a sentirse cómplice del inconsciente colectivo (…)
Silencio.
-Quizás deberías ponerte arriba de las Ramblas. Allí las energías son buenas. Ja, ja, ja… Es una broma.
Silencio.
-Bueno, piensa que nadie puede copiarte tus pelos, ni los poros de tu piel, ni tus pecas, ni tus huellas dactilares, ni el olor de tus pies… nadie puede copiártelo todo, ¿entiendes? Nadie puede copiar tu genio. Dentro de poco tendrás material nuevo de sobra, ya verás. Además, siempre hay que dejar una planta de marihuana para que se la coman los bichos, ¿no? En la feria puedes permitirte el gustazo de mirarle por encima del hombro.
Silencio.
-Bueno. Tranquilízate. Vale, te ha robado el esqueleto de tu nuevo relato. Pero convéncete de que pregonar que le han copiado a uno sin poder demostrarlo no es de buen gusto. Creerán que tienes envidia. Además, estamos a mitad de la promoción y la vas a armar. Eso es una cosa que tenéis que resolver entre los dos, yo creo que deberíais hacer un trato. Sí, quizás el escándalo haga que se vendan más libros, no lo sé, pero piensa en él… no le beneficiaría en nada la sospecha de ser un escritor que roba. Su encanto está precisamente en la carita que tiene de no haber roto nunca un plato, ya sabes… Sí, en eso estamos de acuerdo, pero yo no te puedo apoyar. ¿Por qué no le llamas? ¿Que no te coge el teléfono? Pues que quieres que te diga… No te olvides de que soy su editor y el tuyo. Yo lo que haría sería calmarme, y pensarlo mañana.
Silencio.
-No, no tengo la constancia de que eso sea así, pero ten por seguro que se lo comentaré cuando hable con él. Mira, por el momento, esto tiene que quedar entre nosotros, por el bien de todos. Ya veremos luego si llegáis a un acuerdo, que por algo sois amigos, ¿no? ¿Vale? Venga, y no te preocupes tanto, ¿eh? Tranquilo… A mí hasta me hace gracia… Sí, su novela es una novela con esqueleto, je, je, je… no, que sí, que yo te creo. No, no llames a nadie, no montes un pollo, hasta que lleguemos todos a una solución, ¿eh? Vale… Venga, adeu, sí, adeu… Ya veremos lo que hacemos con ése esqueleto de marras.
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Cuando le quitaron la capucha, Eslan Barishkoff, el escritor de éxito reciente, supo que se hallaba en una sala vacía, atado por los pies a una silla con cinta aislante, bajo la luz de una bombilla calva. A su lado zumbaba la pantalla azul de un ordenador. El resto de la estancia estaba en tinieblas, y había una esquina particularmente oscura. Desde allí le llegó la voz, nítida, clara, inteligente:
1.
-Así que desea patentar su pensamiento, si no me equivoco –dijo el dependiente, examinando la hoja que la firma ponía a disposición de sus clientes para sondear sus gustos.
-Cállate, Donovan –dijo el vaquero de las inmaculadas botas blancas-. Llevas cantando esa canción desde hace media hora. Estoy tratando de escuchar en las vías.
De pronto, Manheif volvió a entrar por la ventana. Parecía como si la caída -desde una altura de doce pisos- no le hubiese afectado, o acaso se había agarrado al alféizar, y, de algún modo, había conseguido volver a subir.
