Archive for Octubre, 2006

Hombre hablando por teléfono:

-Pero, piénsalo bien. A estas alturas, no vas a montar ése escándalo, ¿no?

Silencio.

-Mira, que te haya robado o no el esqueleto –como tú dices- de tu novela manuscrita es algo que tenéis que solucionar entre ambos… Claro, ya sabes que las pirañas existen, y que devoran todo lo que encuentran, incluso a veces se devoran entre sí. ¿Oye? Sí, hay muchas interferencias. Quizás todo se haya tratado de una pura coincidencia, algo relacionado con la sincronicidad de Jung. Y si no fuera así, ya sabes lo que pienso, algunos escritores jóvenes son como el placton para otros con más malicia. No te lo tomes tan a la tremenda porque te haya comido una ballena. Además, ¿no te hace ilusión ver tus ideas correr por las venas de los que admiras? Métele un poco de ironía al asunto. No hay nada comparable a sentirse cómplice del inconsciente colectivo (…)

Silencio.

-Quizás deberías ponerte arriba de las Ramblas. Allí las energías son buenas. Ja, ja, ja… Es una broma.

Silencio.

-Bueno, piensa que nadie puede copiarte tus pelos, ni los poros de tu piel, ni tus pecas, ni tus huellas dactilares, ni el olor de tus pies… nadie puede copiártelo todo, ¿entiendes? Nadie puede copiar tu genio. Dentro de poco tendrás material nuevo de sobra, ya verás. Además, siempre hay que dejar una planta de marihuana para que se la coman los bichos, ¿no? En la feria puedes permitirte el gustazo de mirarle por encima del hombro.

Silencio.

-Bueno. Tranquilízate. Vale, te ha robado el esqueleto de tu nuevo relato. Pero convéncete de que pregonar que le han copiado a uno sin poder demostrarlo no es de buen gusto. Creerán que tienes envidia. Además, estamos a mitad de la promoción y la vas a armar. Eso es una cosa que tenéis que resolver entre los dos, yo creo que deberíais hacer un trato. Sí, quizás el escándalo haga que se vendan más libros, no lo sé, pero piensa en él… no le beneficiaría en nada la sospecha de ser un escritor que roba. Su encanto está precisamente en la carita que tiene de no haber roto nunca un plato, ya sabes… Sí, en eso estamos de acuerdo, pero yo no te puedo apoyar. ¿Por qué no le llamas? ¿Que no te coge el teléfono? Pues que quieres que te diga… No te olvides de que soy su editor y el tuyo. Yo lo que haría sería calmarme, y pensarlo mañana.

Silencio.

-No, no tengo la constancia de que eso sea así, pero ten por seguro que se lo comentaré cuando hable con él. Mira, por el momento, esto tiene que quedar entre nosotros, por el bien de todos. Ya veremos luego si llegáis a un acuerdo, que por algo sois amigos, ¿no? ¿Vale? Venga, y no te preocupes tanto, ¿eh? Tranquilo… A mí hasta me hace gracia… Sí, su novela es una novela con esqueleto, je, je, je… no, que sí, que yo te creo. No, no llames a nadie, no montes un pollo, hasta que lleguemos todos a una solución, ¿eh? Vale… Venga, adeu, sí, adeu… Ya veremos lo que hacemos con ése esqueleto de marras.

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17 Oct
2006

Pura coincidencia

unaluz.jpgCuando le quitaron la capucha, Eslan Barishkoff, el escritor de éxito reciente, supo que se hallaba en una sala vacía, atado por los pies a una silla con cinta aislante, bajo la luz de una bombilla calva. A su lado zumbaba la pantalla azul de un ordenador. El resto de la estancia estaba en tinieblas, y había una esquina particularmente oscura. Desde allí le llegó la voz, nítida, clara, inteligente:

-Hay gente que, sencillamente, tiene el convencimiento de que los personajes de ficción están vivos, es decir, que existen -dijo la voz-. ¿Usted qué opina?

-¿De qué me habla? –dijo el hombre atado.

-No haga preguntas. Simplemente responda, si quiere salir vivo de aquí. Tómeselo como una conferencia, o como la presentación de su próximo libro. Conteste: ¿nunca tiene problemas con la gente normal?

-Bueno –dijo Eslan-, hay gente que se toma en serio a los personajes. Entre ellos, abundan las personas que se empeñan en ser las identidades reales de algunos personajes determinados. Uno se aplica en hacerles entender que no se trata de ellos con un argumento muy sencillo: “Yo escribo como un japonés que viviese a mil kilómetros de aquí”. Por desgracia, el símil no convence a todos.

-Bueno -dijo la voz-, pero ello tiene cierta lógica. Habiéndose tomado el trabajo de enfadarse, no va a resultar que no tienen razón: no haber sido retratados en el libro sería para ellos una ofensa doble. Así que, dependiendo de la animadversión que suscite en cada uno de ellos ése, digamos, hipotético japonés, la gente reacciona en consecuencia, bien con letal indiferencia, bien persiguiendo al escritor si se tercia, y arrojándolo al pilón de los amigos perdidos si no queda más remedio.

-Veo que tiene usted sentido del humor.
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15 Oct
2006

Cómo freír un huevo

-Nunca aprendí a cocinar. Pero eso tiene su explicación lógica. Cuando yo era pequeño, ni a mí ni a tus tíos nos dejaron entrar nunca a la cocina. Ni siquiera tu abuelo entraba. Los fogones eran el territorio de tu abuela y de las mujeres de la casa.

-Bueno, algún día tenías que atravesar el umbral de ese mundo desconocido –dijo el hijo con un tono irónico, tomando un huevo del frigorífico.

-¿Por qué? A mí siempre me han preparado de comer. Reconozco que no sé cocinar, pero pago para que otros lo hagan.

-Ya no puedes permitirte ese lujo, papá. Tus últimas inversiones en Bolsa te han dejado prácticamente en la ruina –le recordó el hijo.

-De todas formas, nunca aprenderé a cocinar como Eva –se lamentó el padre-. Y para comer mal…

-Pero Eva ya no está aquí, papá. Ni ella, ni mamá. Ya no están para prepararte la comida y la cena. Así que tendrás que aprender.

El joven estaba a punto de cascar el huevo.
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12 Oct
2006

Proyecto Soledad

s-o-l-e-d-a-d.jpg1.

“CUÉNTAME UN SECRETO. Manda una carta anónima al apartado de correos (…)”

Con este anuncio, que publiqué en el periódico de mayor tirada de la ciudad, comenzó el Proyecto Soledad. Se basaba en la premisa de que todos aquellos que no tienen a quien confiar sus secretos -y que se toman el trabajo de mandárselos por correo a un desconocido- están, de alguna manera, muy solos. En la carta que lo inauguraba, un muchacho de dieciocho años me contaba, con estremecedora amargura y desesperación, que se inventaba los amigos porque carecía de ellos. Su carta tenía un pasaje especialmente melancólico:

A veces les digo a mis padres que he quedado, me llevo un libro de la biblioteca, y me propongo leer frente al mar… Pero al final siempre acabo mirando las olas rompiendo contra las rocas.

Era el solitario número uno.

“Solitario número uno, supongo que sabes que no recibirás nada a cambio de tu carta. Puede que “nada” sea para ti una promesa, una esperanza. Pero, aparte del natural desahogo que habrás sentido al escribirme estas líneas, no vas a ganar nada contándome tu vida. Sencillamente voy a utilizar tu historia para escribir la mía”.

Por descontado que, si lograba llevar mi proyecto a buen puerto, intentaría escribir un relato basándome en los resultados. ¿Qué somos los escritores, sino ladrones y mentirosos?
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10 Oct
2006

Amigos imaginarios

1.

Hoy ha venido a recoger su correo del apartado a la oficina. Se le ve más delgado, y no se había afeitado. Parecía nervioso. Ha sido una decepción para él no encontrar ninguna carta. Creo que ha soltado un juramento por lo bajo. Después se ha acercado a la ventanilla:

-¿Me da un sobre para esto?

Le he pasado el sobre por el hueco de seguridad y le he dicho:

-Son cuarenta y cinco céntimos.

Me ha pagado y se ha apartado del mostrador para rellenar la dirección. Mientras tanto, he atendido a un par de clientes. Luego me ha devuelto el sobre lleno.

-Normal –me ha dicho.

A pesar de haberle oído perfectamente, le he preguntado:

-¿Vulgar o certificado?

-Normal –ha repetido.

-O sea, vulgar –le he dicho, con una sonrisa.

-Vulgar y corriente –ha insistido él, un poco contrariado.

No sé por qué no certifica los sobres. Parece que en el fondo no aprecia sus versos, y que no le importaría que se perdiesen.
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cerebro-humano.jpg-Así que desea patentar su pensamiento, si no me equivoco –dijo el dependiente, examinando la hoja que la firma ponía a disposición de sus clientes para sondear sus gustos.

-No. No se equivoca –respondió el recién llegado, que vestía una gabardina color crema.

-Bueno, entre nuestros clientes tenemos a grandes sabios, artistas, escritores… y también psicóticos, que por lo visto, es la casilla del test que usted ha marcado. ¿Estoy en lo cierto?

-Sí.

-Perfecto. Veamos –dijo el vendedor, adoptando un tono profesional-: Según me acaba de contar, usted sufre de esquizofrenia, ahora está pasando por una crisis, y algo en su interior le dice que le están robando el pensamiento, ¿no es así?

-Exacto. Aún no sé cómo lo hacen. Es posible que lleve un chip incrustado en una muela. Seguro que fue el dentista.

-Bueno, bueno… las circunstancias aleatorias de sus delirios paranoides no nos interesan. Eso sí, impedir los hurtos de pensamiento es tarea nuestra. Nuestros cascos aseguran una privacidad total, y, en caso de robo, el ladrón tendrá que pagarle. Su pensamiento estará patentado.
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salvaje-oeste.jpg-Cállate, Donovan –dijo el vaquero de las inmaculadas botas blancas-. Llevas cantando esa canción desde hace media hora. Estoy tratando de escuchar en las vías.

Donovan, que protegía su rostro del sol con un polvoriento sombrero negro, se humedeció los labios agrietados antes de hablar:

-No he conocido a nadie que no fuera indio y pudiera hacer eso. La canción me recuerda a mi madre, ¿sabes, Tennessee? Ayuda a pasar el tiempo.

-No entiendo a los hombres –dijo Ethel, que estaba sentada entre ambos, con la falda de su vestido blanco arremangada por las pantorrillas-. Dicen que se acuerdan mucho de su madre, y mira cómo tratan al resto de las mujeres.

-Tiene razón, Donovan. Estás haciendo esperar a la señorita. A mí también me duele el culo de estar aquí sentado. Podrías haberte asegurado de que el tren llegaría a su hora.

-¡Eh, un momento! –protestó él-. Yo no soy responsable de que la compañía funcione tan mal. Además, ¿quién tuvo la culpa de que los caballos se asustasen?

-¡Eso no es lo más grave! –gritó la mujer-. Te has aprovechado de tu fuerza física y me has traído al desierto, a un lugar en medio de la nada, en contra de mi voluntad. Eso es un delito federal. ¿Y además, por qué a mí? ¿Qué crees, que el día de mañana se hablará del que secuestró a Ethel, la bella de Arizona? ¿Que pasarás a formar parte de la historia, y te harás tan famoso como Jesse James?
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Le llamaban la de la boina, oiga, lo cierto es que siempre iba muy estrambótica, con su abrigo rojo y su bufanda escocesa y sus boinas multicolores, y su aire ausente, siempre estaba sentada en la plaza, oiga, y decían que estaba trastornada aunque era de muy buena familia, y que vivía de una renta, y que nunca se casó aunque una vez estuvo a punto, y cuando hablaban de ella comenzaban por decir quiénes eran sus padres y terminaban asegurando que estaba loca, y a mí me parecía una mujer con sus cosas, claro, pero pacífica, oiga, porque no hacía daño a nadie, y tampoco iba sucia, yo la veía hablando sola, como si hubiese alguien a su lado, y no sé, no sé cuando murió, supongo que al principio no me di cuenta de su ausencia, y después, cuando la eché de menos, ya era demasiado tarde, el caso es que su banco se quedó vacío, un buen día, y ahora está ocupado siempre por los chavales, que comen pipas y tiran las cáscaras al suelo en las tardes tontas, pero, ¿usted la conocía?

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Le temps présent n´existe pas. Quand je dis: “Maintenant!”, dejà il s´est produit. Mais le passé n´existe pas non plus. Il n´ est déjà plus ici, mais dans un pli de mon cerveau. Et le futur? C´ est aussi inaprennable. Il n’est encore arrivé et n’arrivera jamais comme tel. Quand il surviendra, sera immédiatement passé, ni même présent. Donc, si les dimensions du temps sont contredictoires, j´habite seulement dans ma mémoire.

(Pido disculpas por adelantado, animando a quien quiera corregir una posible torpeza de mi francés escrito, y traduzco el texto a requerimiento de un amigo) Continuar leyendo »

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lámpara.jpgDe pronto, Manheif volvió a entrar por la ventana. Parecía como si la caída -desde una altura de doce pisos- no le hubiese afectado, o acaso se había agarrado al alféizar, y, de algún modo, había conseguido volver a subir.

-Ha llegado el final –dijo Manheif-. Y me gusta ir al grano.

-Pero esto se ha acabado, Manheif. Estás muerto.

-No, Readly, no estoy muerto. Y ahora tengo que pegarte fuerte.

Manheif recibió el impacto de una lámpara en su cara. Apenas tuvo tiempo de hacer volar una silla por los aires. Después levantó una mesa y se la estrelló en la cabeza a Readly. Pero Readly se agarró, y comenzó el cuerpo a cuerpo. Con la misma rabia que un boxeador atrapado contra las cuerdas, descargó una tremenda serie de puñetazos contra el rostro de Manheif.

-Esto es excelente, Readly –dijo Manheif-. Las heridas están desapareciendo.

Después se separaron y se quedaron mirándose el uno al otro.

-Supongo que ahora viene la parte en la que te lo explico todo. Walcott me contrató sin que tú lo supieras, pero Manning no estaba de acuerdo. Y sin embargo, no fue Manning sino Deacon el que le dijo a Walcott que tú estabas detrás de nuestra pista. Así que Walcott, en realidad, se presentó como Francis, y mató a Deacon. Era sencillo. Se lo ordené yo. Tantos años aguantando sus bromas pesadas delante de las chicas, esperándole en la puerta del cine, recibiendo llamadas cuando estaba comiendo. Luego no tuve más remedio que matar a Deacon, o, mejor dicho, a Francis. No podía dejar ningún cabo suelto.

-No he entendido nada –dijo Readly, ajustándose el sombrero-. De hecho, se me ha olvidado completamente de lo que estabas hablando, aunque todavía sospecho de ti.

-¿Por qué?

-No lo sé. Aún no estoy seguro de lo que está sucediendo.

Manheif se alisó la gabardina. La agresividad había desaparecido de su rostro y mostraba una expresión relajada. Se dirigía a él sin ningún asomo de rencor, como si nada hubiera ocurrido:

-En mi opinión, hemos pasado por el desenlace y el nudo, y ahora estamos saliendo a la introducción. Dentro de poco tú me estarás buscando por la ciudad. Luego Francis matará a Deacon y yo le mataré a él. Pero no me preguntes por qué.

-Entonces voy a volver a tener que vivir esas discusiones con Tiffany, mi mujer, y airear mis miserias personales antes de perseguirte.

-Eso creo. Y todo comenzará un frío día de noviembre, cuando la niebla cubra el puente de la avenida Madison como un velo de mujer.

Era un frío día de noviembre. La niebla cubría el puente de la avenida Madison como un velo de mujer. Por la mañana, Readly había vuelto a discutir con su esposa. Como de costumbre.

READLY VENCE OTRA VEZ

Enrique Mochales

Editorial El muy imbécil
BILBAO

READLY VENCE OTRA VEZ
(relato)

Editorial El muy imbécil

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