Archive for Mayo, 2007

30 May
2007

El castigo

No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.
No volveré a escribir más que no volveré a escribir más.

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Aquí estoy, con un montón de cables pegados a mi cuerpo por ventosas y una especie de transistor en mi cintura. Eso es un “holter”. Sirve para medir los latidos del corazón y hacer un electro durante veinticuatro horas. Antes, te pedían que describieses lo que hacías durante las veinticuatro horas. Por ejemplo, si te cascas unja paja deberías poner, en teoría: “Sexo en solitario”, lo cual produciría algo así como el perfil de la basílica de Begoña en el electrocardiograma. Ahora, por lo visto, la cosa se ha modernizado y ya no piden esas cosas. Lo único, que pulses un botón si sientes palpitaciones, o algo así. Ayer se me olvidó pulsarlo un par de veces, pero hoy lo he hecho. Me encantaría subirme a una montaña rusa ahora para ver los dibujitos que eso produciría en el registro. Me convertiría en un dibujante de electros, una nueva especialidad de las Bellas Artes.

Esta tarde, a las ocho, me quitan por fin el cacharro. Estoy contento, porque la verdad es que resulta bastante incómodo llevarlo. Total, para que me digan que tengo una arritmia bigeminiana, o alguna de esas cosas del horóscopo que te pueden llevar al hospital para que te metan un catéter y hala: el corazón en primer plano. La primera vez que me pusieron un “holter”, acabé en el hospital y me dijeron que tenía el corazón muy grande, que a ver si habia hecho mucho deporte. Yo contesté que deportista no, pero sí generoso.

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15 May
2007

La otra

vendaje.jpgLa señorita Oiane F. –residente en Bilbao- se fue de vacaciones a Méjico, y volvió a la oficina con un vendaje en la nariz. “Me he dado un golpe con la puerta del garaje”, fue la explicación que dio acerca del vendaje, accidente que fue dado por cierto, recibiendo Oiane cariñosas muestras de solidaridad por parte de sus compañeros de trabajo. No obstante, cuando Oiane se quitó el vendaje de la nariz, la evidencia de que algo extraño le había pasado a su tabique nasal saltó a la vista. En efecto, Oiane lucía una nariz perfecta, tan perfecta que resultaba un tanto insultante para todas las demás narices normales. Nunca un golpe dado con la puerta del garaje consiguió unos resultados tan fabulosos en la napia de nadie, sino más bien al contrario, así que en toda la oficina se sospechó, o más bien se proclamó, que Oiane había pasado por la mesa de operaciones del cirujano estético.

Pero ahí no acabó la cosa porque, a partir de ese momento, tras un viaje a las islas Canarias, algunos compañeros de la empresa comenzaron a detectar en Oiane otros cambios, particularmente en sus glúteos y pechos. Así pues, el cuerpo de Oiane se convirtió en un interrogante, un misterio bamboleante, un enigma de la naturaleza que todos se apresuraron a examinar para emitir un veredicto de inocencia o culpabilidad. ¿Contra qué se había golpeado esta vez? “Me caí de culo”, se limitó a decir Oiane.

La odisea de la mujer no acabó ahí. Después de un nuevo viaje, por lo visto a Praga, los labios de Oiane adquirieron el grosor de la morcilla. Eso sí que había sido un buen golpe. En algún momento, un compañero de oficina particularmente cercano sintió la tentación de preguntarle la verdad. Sin embargo, nadie, ni siquiera sus más allegados, reconocían ya a Oiane. A veces aparecía con la cara vendada. En el trabajo sólo sabían que había una persona currando en su puesto que quizás alguna vez había sido ella, pero no estaban seguros. De tal forma, Oiane desapareció, pero siguió con ellos, y sus pechos aumentaban, su boca se retransformaba, sus patas de gallo desaparecían. “¿Te acuerdas de Oiane?”, le comentaban sus compañeros, pero ella juraba y perjuraba no haber conocido nunca a esa mujer, y decía que era una pena, porque debía de ser una chica muy simpática, muy guapa, y, por lo que le habían contado, exuberante.

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8 May
2007

Homenajes

La empresa organizadora de homenajes “Un Muchacho Excelente” ofrecía una variada forma de agasajar a la persona que desease el cliente. Normalmente se organizaba el homenaje, y no era raro que el protagonista –que ya sospechaba algo- muriese poco más tarde. Sin embargo, este homenaje servía para dejar expresamente claro que el tipo en cuestión había sido alguien en la vida.

No obstante, ciertas personalidades –unos pelmazos- se resistían a fenecer, y era necesario dedicarles nuevos festines. Al final la gente acababa acostumbrándose a ellos, y terminaban por perder el interés en sus ilustres personas. Entonces les tocaba el turno a los homenajeadores, que se convertían, a su vez, en homenajeados.

En secreto, rezaban y ponían velas a la Virgen antes del evento, con un comprensible resquemor. Pero, contrariamente a la ley natural, llegó un momento en que nadie moría después del festejo, lo cual era una sosada. En consecuencia, la empresa quebró.

Pasaron los años, y aquellos que habían sido objeto de distinción mucho antes comenzaron a aparecer poco a poco en la sección de esquelas de los periódicos. Y pasaron algunos años más, y ya no quedó nadie, ni siquiera los que nunca habían sido distinguidos con una enorme fiesta en su honor.

Una pena, porque todo el mundo debería tener derecho a un homenaje en la vida.

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Miren al caballito de mar navegando por el coral. Entre los caballitos de mar, es el macho el que da a luz. Recibe los huevos de la hembra manteniéndolos en el abdomen durante un tiempo: está embarazado y contento. Los minúsculos caballitos de mar fluyen en una nubecilla blanca y nerviosa dentro de su tripa. Esto debería irritar a quienes, además de no creer en la ley de la evolución, ven una aberración en tales comportamientos animales, y se posicionan en contra. Sin duda, esta primavera son de prever manifestaciones contra el caballito de mar, con las pancartas llenas de consignas y una multitud indignada, que grita mientras camina con los paraguas abiertos. “¡El caballito de mar va contra natura! ¡El hipocampo es un pervertido!”. Y bueno, estoy delirando, porque eso no les importa a los caballitos de mar, ni a los ciudadanos que, a pesar de no creer en la ley de la evolución y ver una aberración en tales comportamientos animales, no tienen tiempo para perderlo en insignificancias tan importantes.

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