2007
Más tarde…
Cuando impartía clases de dibujo y pintura, fuera de horario, en un instituto de Deusto –un verdadero desastre de clase, con alumnos de entre ocho y catorce años que no se aplicaban ni hacían sus deberes- mandé a los niños que dibujasen un cómic esa misma tarde. Sorprendentemente, comenzaron a trabajar de inmediato, ilusionados con la novedad. ¡Un cómic! Cuando terminó la clase, les ordené:
-Dadme los cómics.
Después de echarles un vistazo, les dije:
-Estos cómics no los vais a volver a ver en vuestra vida. Me los quedo yo.
Los niños me miraron cabreados. Protestaron airadamente y se lo dijeron a sus madres, que estaban afuera esperándoles.
Una de ellas me exigió, enfurecida, que le devolviese el cómic a su hijo, a lo que me negué.
Al año siguiente no me volvieron a contratar para dar clases en el instituto -ni ese año, ni ningún otro- pero nunca olvidaré, a pesar del tiempo pasado, la amenaza que profirió un niño cuando le arrebaté su tesoro:
-¡Pues pienso hacerlo en casa!
De lo único que me arrepiento ahora es de no tener sus direcciones, para mandarles a todos y cada uno de ellos su precioso cómic -que aún conservo en la misma carpeta- veinticinco años después.
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