2008
El triunfo de los loteros
Tras el triunfo de los loteros, toda la ciudad estuvo en peligro. Un primer premio es un primer premio, y las mafias rebuscaban por doquiera a ganadores/as, vascos y vascas. Todo el mundo era culpable de hacerse el inocente. Incluso las propias mafias criminales se enzarzaban entre sí.
Tribus de pedigüeños se reunían, como en la Corte de los Milagros, vigilados estrechamente por auténticos mendicantes, que salvaguardaban al ciudadano medio que más miedo albergaba en su corazón. El propio alcalde estaba acojonado a causa de los mendicantes (ya no sabía si postular a los Jesuitas).
Un hombre solo, una mujer sola, familias enteras, niños, perros y 6 gatos, no me pregunten por qué sólo 6, peleaban por un pico del dinero que el Gordo, maldito Gordo, había dejado en la ciudad. El Gordo era el capo de la mafia. Su alias era perfecto. ¿Dónde ha caído el Gordo? Aquí. O allá. El Gordo estaba en todas partes, y en ninguna.
Entre gordos y flacos andaba la cosa. Los gordos porque habían comido mucho, los flacos porque se abstenían de comer.
Y aunque no haya moraleja, no sabe la justicia por más joven o más vieja.
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