Archive for Enero 11, 2008

Tras el triunfo de los loteros, toda la ciudad estuvo en peligro. Un primer premio es un primer premio, y las mafias rebuscaban por doquiera a ganadores/as, vascos y vascas. Todo el mundo era culpable de hacerse el inocente. Incluso las propias mafias criminales se enzarzaban entre sí.

Tribus de pedigüeños se reunían, como en la Corte de los Milagros, vigilados estrechamente por auténticos mendicantes, que salvaguardaban al ciudadano medio que más miedo albergaba en su corazón. El propio alcalde estaba acojonado a causa de los mendicantes (ya no sabía si postular a los Jesuitas).

Un hombre solo, una mujer sola, familias enteras, niños, perros y 6 gatos, no me pregunten por qué sólo 6, peleaban por un pico del dinero que el Gordo, maldito Gordo, había dejado en la ciudad. El Gordo era el capo de la mafia. Su alias era perfecto. ¿Dónde ha caído el Gordo? Aquí. O allá. El Gordo estaba en todas partes, y en ninguna.

Entre gordos y flacos andaba la cosa. Los gordos porque habían comido mucho, los flacos porque se abstenían de comer.

Y aunque no haya moraleja, no sabe la justicia por más joven o más vieja.

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Un lápiz de Ikea es mejor que un mueble.

Con el lápiz puedes dibujar un diseño, por redundar, y, a partir de ese diseño, conseguir un barco. Si tanto barco no te deja ver el bosque, valga la redundancia, con sus astillas puedes fabricar más de un lápiz. Con los lápices plantados sabiamente en la tierra, puedes bosquejar un bosque -valga la redundancia- de bonitos barcos, y con ese bosque, fabricar muchos muebles de Ikea, y, con los muebles, plantar muchos bosques de lápices. ¿Y los muebles? ¡Son de Ikea! Valga la redundancia.

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