La solapa

Enrique Mochales, fotografía de Txus Terán.jpg
fotografía de Txus Terán@

Estos ejercicios creativos proceden en su gran mayoría de cuadernos de campo en los que sólo quedaron esbozados de una forma rápida. Nunca estuvo tan claro que un cuaderno de notas es, en realidad, un campo de caza de ideas* (aunque también puede ser un huerto, dependiendo de que el escritor sea recolector o cazador).

Cuando creo que merece la pena desarrollar una liebre -perdón, una idea- la traslado a un documento, le proporciono suficiente masa muscular para que eche a correr, y suelo publicarla instantáneamente, sin preocuparme de las correcciones. Considero entonces que es un relato, o un poema u otra cosa.

Cuando ya están publicados en la red, practico sobre los textos o imágenes algunas operaciones estéticas que un observador atento puede percibir en vivo. Después, envejecen hasta tal punto para mí, que me sería imposible corregir sus nuevas arrugas.

El secreto de un cuento o de un poema radica, en mi opinón, en aproximarse a la idea con el tono adecuado para transmitirla (arco y flechas o capazo de mimbre). No me interesa usar más palabras de las debidas para expresar lo que quiero decir. La economía de medios ha sido una constante, por ejemplo, en mis cuentos y mis poemas: cuando me aburro, es que algo va mal, y cuando no me aburro también.

Por esta razón, no pierdo el tiempo en descripciones o frelfexiones demasiado extensas. Prefiero que los personajes y la acción se definan por sí mismos, con su propia voz, su actitud, y sus movimientos, y que dibujen -a ser posible con su particular kinesia- el espacio en el que se mueven y se desarrollan.

Nada de introducción-nudo-desenlace. Por continuar con las locas metáforas con las que he ilustrado este texto, un cuento -o una imagen- es un ser vivo, y nunca se sabe adónde va a ir a abrevar (o beber). Cuando se escribe no es recomendable pensar de una forma lineal. Escribir es una aventura, y puede que algo esté sucediendo a tus espaldas si no estás atento. Con los poemas -apunta y dispara- sucede tres cuartos de lo mismo.

No estoy de acuerdo, por ejemplo, con lo que opinaba un conocido literato en su columna semanal: “Qué pena me dan los escritores que escriben sin saber a dónde van”. A juzgar por este comentario, un tanto cínico, se diría que algunos escritores se jactan de no haberse perdido nunca en una novela de su autoría, con lo bonito que es viajar. Excusémosles, porque en los artículos periodísticos –y en las solapas- se cuentan muchas chorradas.

A veces, para escribir, uso gafas.

(*Una mención especial a los críticos, que a menudo son maestros.)